Festival de San Sebastián día 8: burlando a la muerte

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“Puedes burlar a la muerte, pero un día la muerte se burlará de ti”, dice uno de los personajes de The Captain, una de las películas presentadas hoy a competición oficial en el Festival de San Sebastián. Y ese, precisamente, es uno de los temas principales de los títulos que hemos visto este viernes en el certamen donostiarra: los disfraces con que intentamos esquivar a la parca. Con que tratamos de librarnos de su siniestro abrazo para ganarnos unos días, unos meses, unos años más en un mundo lleno de dolor, de guerra, de enfermedad, pero que, a falta de confirmaciones más concluyentes, es el único que tenemos. Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

En la estupenda The Captain, dirigida por el alemán Robert Schwentke, el protagonista es un joven desertor del ejército nazi que, en los últimos compases de la II Guerra Mundial, ve como un golpe de suerte cambia por completo su destino. En medio de un campo, en un coche abandonado, el soldado huido encuentra un uniforme de capitán que no sólo le permitirá escapar de aquellos que quieren ejecutarle, sino que le servirá para engañar a todo aquel con el que se encuentra y empezar a cometer todo tipo de tropelías amparado, únicamente, en ese traje de oficial y en las deslumbrantes condecoraciones que cuelgan de su pechera.

The Captain, uno de los mejores films a concurso (perdón si nos repetimos, pero este año hemos visto muy buenas películas), reflexiona, entre otras cosas, sobre el poder  del disfraz y la capacidad de fascinación de la jerarquía. Sobre esa falsa superioridad adquirida a través de unas simples estrellas bordadas en la casaca. Pero no sólo eso. También es un análisis de los más bajos instintos del ser humano, que afloran a la superficie con mucha mayor facilidad en época de conflicto: la ambición, la codicia, el sadismo…

Rodada en un precioso blanco y negro (que aquí encaja mucho mejor con la historia que en el caso de la polaca Beyond Words), la película también nos ha hecho recordar a otro film sin color que retrata de forma magnífica la bajeza de cierto sector de las autoridades militares: Senderos de gloria. En el caso de The Captain, sin embargo, la brutalidad de los mandos es tan desmedida que acaba haciendo parecer a los aviesos oficiales de Kubrick mansos corderitos. “Somos camaradas en guerra”, cantan alborozados los personajes de la película en una fiesta improvisada en un campo de prisioneros. Mentira. Somos lobos para nosotros mismos, como decía Hobbes. Y siempre lo seremos.

 

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En La peste, la producción de Movistar que inauguraba la presencia de series en la sección oficial del festival, también se recurre al disfraz para esquivar al silencioso asesino que amenaza a la ciudad Sevilla (en este caso, la negra epidemia del título). En concreto, lo que hace uno de sus personajes es, simplemente, ponerse la ropa al revés. Darle la vuelta a sus andrajos para que, de este modo, la enfermedad no pueda reconocerle.

Lo que La peste supone para la ficción española va, sin embargo, mucho más allá de un simple cambio de camisa (y no lo decimos sólo por su presencia en un festival de categoría A). La producción dirigida y escrita por Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, al igual que el resto de serie originales de Movistar que la seguirán, marca un antes y un después en el modelo televisivo imperante. Un cambio sin precedentes que además obedece a un propósito tan infrecuente como exótico: levantar una ficción en el que el criterio fundamental sea la calidad. Y con calidad no nos referimos sólo a medios (el fastuoso diseño de producción de La peste es apabullante), sino a la inhabitual apuesta por autores, temas, contenidos… que aspiran a llevar la ficción de nuestra pequeña pantalla hasta lugares a los que no se acostumbraba a aventurar . De momento, y aunque sólo hemos visto una parte, la primera gran apuesta de Domingo Corral y su equipo es, simplemente, una de las mejores series que se han visto jamás en este país.

 

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La muerte también es protagonista en la película que, como metáfora de esa última estación, cerraba la sección a competición no sólo de esta jornada, sino de todo el festival. En Le lion est mort ce soir, sin embargo, el fin de la existencia se trata de forma más amable y menos traumática. Con Jean-Pierre Léaud encabezando el reparto, el film de Nobuhiro Suwa cuenta la historia de un longevo actor que, unos días antes de tener que interpretar su propio fallecimiento, se recluye en una vieja mansión para revivir antiguos fantasmas. Allí será descubierto por unos niños que (como los chavales de Súper 8, el film de J.J. Abrams) intentan rodar un corto amateur en el que el veterano actor acabará interviniendo. Una historia entrañable sobre extremos que se tocan (vida y muerte, vejez y juventud) de la que Suwa también hace partícipe al cine, comparando un rodaje y un intérprete profesionales con la refrescante ingenuidad de unos chicos que juegan a grabar su primera película.

También tocan casi a su fin (lo harán mañana) nuestros Encuentros TCM Zinemaldia, en los que hoy hemos tenido el honor de entrevistar a un viejo rockero del cine europeo: el francés Robert Guediguian, que presentaba en la sección Perlas La villa. Junto a él han estado los equipos de la también francesa Braguino, la colombiana Matar a Jesús, la española Plus Ultra, la alemana 3/4 y la americana Gwendolyn Green.

Con el recuerdo de sus reflexiones nos despedimos hasta mañana, el día en que este festival también deberá morir, pero sólo por un año. En las manos del jurado queda, una edición más, la responsabilidad de que sea más o menos recordado, dependiendo de si opta por un film memorable o por una de esas temidas ‘Conchas de consenso’ que tanto ha abundado últimamente. De esos desafortunados finales si que no hay ni disfraz que pueda librarnos. Crucemos los dedos.

Diego Soto


Escrito por Viernes 29 septiembre 2017

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