Festival de San Sebastián día 5: olas y cordilleras

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Viene siendo habitual en las últimas ediciones del Festival de San Sebastián que aquellos que tenemos hijos (y también los que no) pasemos un mal rato a costa de títulos en los que los más pequeños (y por añadidura los más vulnerables) son las víctimas. Recordemos por ejemplo Prisoners, de Denis Villeneuve, donde la hija de Hugh Jackman era secuestrada. O Cautivos, de Atom Egoyan, basado en el famoso asesinato de tres niños en Estados Unidos (los West Memphis Three). O la polémica y más reciente Playground, en la que dos adolescentes raptaban y mataban brutalmente a una criatura.

Ese terrible dolor, esa lacerante incertidumbre por el destino del desaparecido, es el material con que se construye la colosal Pororoca, probablemente el mejor film visto hasta el momento en sección oficial. Colosal, decimos, por su duración (152 minutos) pero también por sus ambiciones artísticas. Y es que Pororoca, dirigida por el rumano Constantin Popescu, intenta (nosotros creemos que con éxito) retratar  todo el proceso de degradación física y psicológica que acompaña a la pérdida de un hijo. Un calvario que se torna aún más doloroso cuando esa pérdida (como le sucede al protagonista de esta historia) no obedece a razones naturales, sino que es producto de una misteriosa desaparición para la que nadie tiene respuesta.

 

Bogdan

 

Bogdan Dumitrachedesde ya candidato a llevarse el premio a mejor actor, borda la interpretación de un padre que, en el transcurso de un domingo cualquiera, pierde a su hija de manera inexplicable en un parque (la escena en la que sucede esta desaparición, rodada en plano secuencia, es para levantarse y aplaudir). Los días irán pasando sin que los progenitores tengan ninguna noticia y, poco a poco, muy gradualmente, la desesperación irá en aumento hasta acabar explotando y arrasándolo todo, como esa devastadora ola amazónica a la que hace alusión el título (no, Pororoca no es una palabra rumana, sino guaraní).

Dado que estamos hablando de una historia intimista, en la que se opta por mostrar los límites del sufrimiento humano en lugar de por la investigación policial, es probable que el lector considere su duración (dos horas y media) excesiva. En condiciones normales, le daríamos la razón, pero no es el caso. Pororoca es un relato que se cuece a fuego lento. Como el sentimiento de culpa. Como la desesperanza. Como la ira. Y por eso su ritmo moroso resulta imprescindible para apreciar el sabor de su resultado final.

 

Vergüenza

 

De todas formas, dos horas y media no es tanto si lo comparamos con la duración de una de las sesiones que proponía este mismo martes la sección Zabaltegi Tabakalera. Nos referimos a la proyección íntegra de Vergüenza, la serie producida por Movistar que sus responsables han presentado hoy en los Encuentros TCM Zinemaldia. En total han sido 250 minutos (diez episodios de 25 minutos cada uno) en los que el actor Javier Gutiérrez, a las órdenes de los directores Juan Cavestany y Álvaro Fernández Armero, consigue, efectivamente, dar muchísima vergüenza ajena (siempre en el buen sentido y en el contexto de una producción que juega a incomodar voluntariamente al espectador).

Junto al equipo de Vergüenza, también nos han acompañado hoy en el Club Victoria Eugenia los responsables de la rusa Tesnota, la filipina Underground, la franco-belga-holandesa Cargo y la también gala 120 pulsaciones por minuto (que ha defendido uno de sus actores, Nahuel Pérez). Todo en un día en el que el gran protagonista ha sido Ricardo Darín, que ha recibido el Premio Donostia en una gala en la que se ha proyectado su nuevo film: La cordillera, de Santiago Mitre. Un ¿thriller político? en el que el actor encarna a un personaje a la altura de sus méritos como intérprete: nada menos que al presidente de Argentina. Una historia que reflexiona sobre la cara más oscura no sólo del poder, sino también del propio ser humano, y que viene a demostrar que, a veces, los sentimientos y emociones del hombre (la maldad, el dolor) pueden ser tan poderosos como las fuerzas de la naturaleza. Como las imponentes montañas de los Andes, por ejemplo. O como las olas gigantes.

Diego Soto


Escrito por Martes 26 septiembre 2017

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