George A. Romero y ‘La noche de los muertos vivientes’: la revolución zombi del 68

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Resulta difícil calibrar, a ojos de un espectador del siglo XXI que ya lo ha visto todo, el impacto que pudo tener en 1968 el estreno de La noche de los muertos vivientes, la película con la que el recién fallecido George A. Romero desencadenaba el fenómeno zombi y llevaba la violencia en el cine hasta unos extremos inimaginables hasta la fecha. El público que acudió al primer pase del film, el 1 de octubre en una sala de Pittsburgh, estaba acostumbrado hasta entonces al terror más light de, por ejemplo, los monstruos de la Hammer. Sin embargo, ahora se encontraba con una película que derribaba todos los tabúes y mostraba sin ningún reparo escenas de canibalismo, asesinatos de madres a cargo de sus propias hijas e incluso (y esto resultaba igual de transgresor) un héroe negro (el actor afroamericano Duane Jones).

Fueron muchos, por tanto, los que en aquellos días se rasgaron las vestiduras, más teniendo en cuenta que en aquellas semanas (la restricción por edades no entraría en vigor hasta noviembre del 68) cualquier niño, como era habitual en las sesiones matinales, podía comprar su entrada libremente y encontrarse con semejante espectáculo. Uno de los que puso el grito en el cielo, por ejemplo, fue el fallecido crítico Roger Ebert: “Los críos de la sala estaban impactados. Había un silencio absoluto. La película había pasado de dar miedo de forma divertida a ser inesperadamente terrible. Había una niña de unos nueve años al otro lado del pasillo que no dejaba de llorar sin atreverse a moverse del asiento. Yo creo que ni esos mismos chavales eran capaces de descifrar las imágenes con las que estaban siendo golpeados”.

 

 

No era mucho mayor que esos niños el responsable de aquella pesadilla, un descendiente de gallegos de 28 años de edad que ya a los 14 había sido arrestado por la policía del Bronx por arrojar del tejado de su casa un maniquí ardiendo. Aquel muñeco llameante era uno de los protagonistas del corto que estaba rodando, y la prueba evidente de que el insaciable apetito de ese joven por llevar a la pantalla sus fantasías no se iba a detener ante nada.

En los 60, mientras hacía vídeos corporativos, spots y hasta reportajes de boda para una productora que él mismo había fundado junto a sus amigos John A. Russo (co-guionista) y Russell Streiner (co-productor), decidió lanzarse a la aventura de dirigir su primer largo de terror, una historia ligeramente inspirada en la novela Soy leyenda de Richard Matheson que llegaría a tener hasta cuatro títulos diferentes: Monster Flick, Night of Anubis, Night of the Flesh Eaters y, finalmente, La noche de los muertos vivientes. Tanto cambio de nombre (motivado cada uno por diversas razones) acabó teniendo una consecuencia funesta: en la última versión, la distribuidora (Walter Reade Organization) olvidó incluir el copyright en las copias y la película terminó siendo de dominio público.

Romero y sus colegas se asociaron con Karl Hardman (el otro co-productor) y Marilyn Eastman (actriz) y, tras lograr reunir 114.000 dólares, fundaron una nueva productora llamada Imagen Ten y se embarcaron en un rodaje suicida en la campiña de Pennsylvania con jornadas de 20 horas en las que todo el personal, que dormía por turnos en el mismo set, hacía de todo (Hardman, por ejemplo, también era maquillador, actor y técnico de sonido).

 

Romero

 

Debido a las estrecheces presupuestarias la película se rodó en 35 mm en blanco y negro (una elección que resultó acertadísima por el tono documental que le imprime a la historia) y los efectos de maquillaje se llevaron a cabo con elementos de lo más cotidiano. La sangre, por ejemplo, era sirope de chocolate; las vísceras las traía un intérprete que trabajaba en el ramo de la carnicería y los miembro amputados eran extremidades untadas con blandiblú de (otra vez) maniquíes.

Lo artesanal y casero de estos efectos no fue ningún obstáculo para que, como contábamos al principio, niños y mayores se llevaran el susto de sus vidas con la película. Los distribuidores del film, sin embargo, estaban cubiertos. Como parte de la campaña de promoción aseguraron que todo aquel que falleciera de un ataque al corazón durante la proyección sería recompensado con 50.000 dólares. El dinero, imaginamos, sería para sus herederos. O quién sabe, tal vez, dada la naturaleza del film, fuera para el muerto en caso de resurrección.

La noche de los muertos vivientes. En agosto en TCM

Diego Soto


Escrito por Domingo 16 julio 2017

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