El misterioso origen de ‘El jinete pálido’

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El jinete pálido

 

“Necesitamos un milagro”, dice la adolescente protagonista de El jinete pálido mientras entierra a su perro, asesinado por los secuaces de un despiadado magnate de la industria minera, y en ese momento, fundiéndose con la imagen de la joven, vemos aparecer por vez primera la figura de un solitario vaquero que, cabalgando sobre una pradera cubierta por la nieve, parece acudir en respuesta a sus plegarias; en ayuda de esa comunidad de buscadores de oro a la que no dejan de hostigar para que abandonen sus tierras. Ese enigmático jinete, ya lo sabéis, es Clint Eastwood, un predicador sin nombre que parece haber surgido de la nada. Un fantasmal justiciero cuya procedencia es uno de los mayores misterios de la historia del wéstern.

Para celebrar la próxima emisión en TCM de uno de los grandes clásicos de Eastwood, en Fuera de campo vamos a intentar aclarar de dónde viene ese jinete vengador que a mediados de los 80 no sólo devolvió la esperanza a ese pequeño grupo de colonos del film, sino también a todos los aficionados a un género que en esa época no vivía sus mejores momentos.

 

Raíces profundas

 

Raíces profundas

 

Nueve años después de dirigir El fuera de la ley, Eastwood sintió que era el momento de regresar al wéstern, un género que algunos afirman que tuvo que abandonar debido a una extraña alergia a los caballos (son sólo habladurías). A pesar de haberse convertido en leyenda gracias a los films de Sergio Leone, Eastwood decidió que para su nuevo proyecto prefería beber de las fuentes del wéstern más clásico, aquel que inmortalizaran nombres como Ford, Walsh o Mann. “Todavía se puede hablar de sudor y trabajo duro, de espíritu, de amor por la tierra y la ecología”, declaraba en una entrevista de 1984. Sin embargo, no fue ninguno de los directores mencionados su fuente de inspiración más directa, sino otro que, curiosamente, no se prodigó en el género pero firmó uno de los wéstern más canónicos de la historia: Raíces profundas. Y es que la película de George Stevens es considerada, de forma recurrente, como el espejo en el que se mira el film de Eastwood, hasta el punto de que hay quien considera El jinete pálido un remake del clásico de 1953.

Como en la historia de Eastwood (escrita por Michael Butler y Dennis Shryack), en la de Stevens también hay un grupo de granjeros oprimidos por un cacique, un niño fascinado por la figura del vaquero salvador y una familia que acoge a ese cowboy surgido de la nada. “El jinete pálido es Raíces profundas con un toque sobrenatural”, confirmaba el crítico Richard Schickel, lo que nos lleva a identificar uno de los inequívocos lugares de procedencia del Predicador: nuestro singular jinete viene del mismo lugar que Shane, ese inmortal vaquero vestido con camisa de flecos al que dio vida Alan Ladd.

 

El hombre sin nombre

 

Por un puñado de dólares

 

“La diferencia entre mis personajes y los de John Ford es que los suyos, cuando abren una ventana, contemplan el espléndido futuro que les espera. Los míos solo están preocupados por no recibir una bala en la frente”, decía Sergio Leone, y esa frase resume en gran medida las distintas forma de entender el wéstern de ambos autores. Mientras Ford, al igual que muchos de sus coetáneos, tenía una concepción más romántica del género, Leone apostaba por una visión mucho más cruda, sucia y realista de la vida en el salvaje Oeste. Y en esa visión ocupaba un lugar importante un anti-héroe habitual en el spaghetti western: el Hombre sin nombre, inmortalizado por Clint Eastwood en la Trilogía del dólar.

“Normalmente el héroe entra en la ciudad, ve un caballo que está siendo apaleado, ve a la maestra, rescata al caballo y sabes quién va a casarse con quién al final. En Por un puñado de dólares entra cabalgando en la ciudad con un sombrero negro, ve a un niño al que disparan y patean, ve a la doncella en apuros y, simplemente, se da la vuelta y se aleja. Nunca estás realmente seguro de que sea el héroe hasta casi media película. Y entonces tampoco estás seguro porque él simplemente intenta conseguir todo lo que puede”. Así resumía Clint Eastwood la ambigüedad moral de un personaje que rompía con los estereotipos del héroe clásico y en quien, claramente, volvió a inspirarse para El jinete pálido. Sin embargo en esta ocasión, influido como hemos comentado por los códigos del wéstern clásico, el director decidió dotar al arquetipo de un carácter mucho más altruista y poner sus habilidades al servicio de causas más nobles: la justicia, la defensa de los débiles, la ecología… Un giro de tuerca que no nos impide, sin embargo, localizar el segundo origen de nuestro misterioso vengador: el Predicador es, claramente, una versión actualizada de todos aquellos Hombres sin nombre a los que Eastwood puso cara en los años 60.

 

La muerte

 

 

“Y cuando él hubo abierto el cuarto sello, oí la voz de la cuarta bestia decir: ‘Ven a ver’. Y yo miré. Y contemplé un caballo pálido, y el nombre de su jinete era la Muerte. Y el infierno le seguía”. De nuevo son las palabras de la devota Megan, la joven protagonista de la historia, las encargadas de introducir uno de los momentos claves del film, aquel en que, acompañado por esta cita del Apocalipsis, vemos entrar al Predicador en el campamento de los buscadores de oro. La Biblia nos ofrece aquí la explicación más literal sobre la procedencia de ese jinete pálido, también la más interesante y la que, de hecho, da título a la película.

El más que probable origen sobrenatural del personaje de Clint Eastwood eleva el film a un nivel místico que lo convierte en una pieza única. Un estimulante híbrido mezcla de wéstern y cine fantástico. ¿Es el Predicador un espectro que viene del más allá? ¿Son las cicatrices de su espalda la prueba palpable de que estamos ante un resucitado que regresa a este mundo buscando venganza? La sutileza con que el guión plantea estos interrogantes, la manera en que el sanguinario comisario Stockburn se refiere a su enemigo (“el hombre en el que estoy pensando está muerto”)  no nos permiten responder de forma categórica estas preguntas, pero ahí reside la verdadera magia de un wéstern único que brilla como esas pepitas doradas que los mineros se afanan por encontrar en la película. El jinete pálido podría haber venido cabalgando desde el mismísimo Hades. O tal vez no. Y ahí, en esa duda, es donde se encierra toda la grandeza de uno de los grandes mitos del género.

El jinete pálido.  Viernes 21 de julio a las 16:00 en TCM

Diego Soto


Escrito por Miércoles 14 junio 2017

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