‘Hijos de los hombres’: dos planos secuencia para la historia

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Hijos de los hombres

 

Ahora nos hacemos cruces al recordarlo, pero lo cierto es que, cuando en 2006 se estrenó Hijos de los hombres, Alfonso Cuarón se llevó una de las mayores decepciones de su carrera. La película, que había costado 76 millones de dólares, recaudó sólo 70 y fue un desastre financiero. Tampoco recibió ningún premio importante pese a la buena acogida que recibió en el Festival de Venecia, y Universal prefirió poner su maquinaria publicitaria al servicio de otro título supuestamente más oscarizable: United 93. “Fueron los cinco años más difíciles de mi vida”, confesaba Cuarón en Vulture hace unos meses, refiriéndose al lapso de tiempo comprendido entre el estreno de Hijos de los hombres y el rodaje de Gravity, su siguiente obra maestra.

Afortunadamente, el tiempo ha colocado esta profética joya de la ciencia ficción en el lugar que le corresponde (para IndieWire es la mejor de su género en lo que llevamos de siglo), y hoy en día son legión los espectadores y cineastas que ensalzan sus virtudes y la consideran una referencia imprescindible. Entre esas virtudes, por supuesto, está la fotografía de Emmanuel Lubezki, un trabajo soberbio en el que merecen mención especial dos espectaculares planos secuencia que son ya historia del cine contemporáneo.

 

alfonsocuaron

 

El primero de ellos, que nos deja clavados en la butaca a los 25 minutos de metraje, dura 247 segundos y transcurre en el interior de un coche. Un vehículo en el que cinco pasajeros tratan de atravesar un bosque mientras son atacados por un grupo de asaltantes. Cuarón consideraba fundamental capturar las reacciones de todos los viajeros durante el ataque, pero no quería hacerlo recurriendo a la edición. “Siempre me ha gustado la idea de estar junto al personaje, experimentando con él la violencia. Si cortas continuamente, simplemente estás mostrando formas geniales en las que un coche puede estrellarse, algo que no tiene nada que ver con la arbitrariedad con que la violencia sucede”, explica el cineasta mexicano.

 

 

Cuando Cuarón le propuso la idea a Lubezki, su compatriota se negó en redondo. Mover una cámara dentro de un coche atestado, y hacerlo en un único plano sin cortes, era tarea imposible. Fue entonces cuando Cuarón recurrió a una táctica que sabía que espolearía a su talentoso director de foto. “OK, se me ocurre cómo hacerlo en croma”, dijo de forma sibilina, a lo que el Chivo Lubezki se apresuró a responder: “¡Si hacemos ese plano con una pantalla verde dimito!”.

A partir de ese momento, a falta de sólo diez días para rodar la escena, Lubezki hizo todo lo posible para encontrar una solución. Y lo logró. Reclutó al camarógrafo Gary Thieltges y éste diseño en tiempo récord un ingenio revolucionario al que se bautizó con el nombre de Doggicam. El aparatoso invento (que podéis observar en acción en el vídeo adjunto) consistía básicamente en una cámara que Cuarón, Lubezki y su equipo podían manejar por control remoto desde una plataforma ubicada en la parte superior del coche. En cuanto a los actores, tuvieron que ensayar durante dos días enteros una milimétrica coreografía para esquivar la cámara en el momento en que no eran enfocados. “Era como un ballet”, recordaba Clare Hope-Ashitey, la actriz que interpreta a la joven e inesperada madre.

 

 

Pero este, ya lo hemos dicho, era sólo el primero de los dos ambiciosos planos secuencia que Cuarón pensaba incluir en el film. El segundo, de hecho, es todavía más largo y complejo. En total, 379 inolvidables segundos en los que Clive Owen atraviesa un campo de refugiados esquivando balas y tanques en busca de la madre y el niño.

Para este monumental desafío, Cuarón había reservado dos semanas. Catorce días de preparación divididos en doce de entrenamiento y sólo dos de grabación. En el decimotercer día, por fin, las cámaras se pusieron en acción después de largas jornadas de ensayos. Sin embargo, a los 90 segundos, algo salió mal y Cuarón tuvo que gritar el tan temido “¡Corten!”. Volver a recolocar semejante set, situar cada actor, cada extra, cada objeto… en su posición era una tarea que llevaba cinco horas, así que hubo que dejar el nuevo intento para el siguiente día. El decimocuarto. El último.

 

Lubezki

 

Nada más amanecer, la cámara volvió a ponerse en marcha, pero con tan mala suerte que el operador (George Richmond) tropezó y hubo que empezar otra vez. De nuevo, hacían falta cinco horas más. Sin embargo, aún era temprano y quedaba tiempo suficiente para una última oportunidad. Y esta vez la fortuna se pondría de cara.

En el momento en que Clive Owen entra en un destartalado autobús, unas gotas de sangre falsa disparada por error salpicaron la lente de la cámara. Desesperado, Cuarón pidió que cortaran, pero una explosión tapó su grito. Nadie le oyó. Dándolo todo por perdido, Cuarón dejó que concluyera la escena. Cuando terminó, se giró hacia Lubezki y, sorprendentemente, vio que su compañero estaba bailando, loco de alegría. “¿No te das cuenta, estúpido? ¡¡Ha sido un milagro!!”, le gritó el Chivo, y aunque Cuarón aún no era capaz de procesarlo, Lubezki tenía razón. Esas famosas gotas de sangre que se habían quedado pegadas en la cámara (se pueden ver a partir del minuto 2:58) constituían la guinda perfecta para esa estética hiperrealista, esa inmersión genuina en la violencia, que Cuarón había perseguido desde el principio.

 

 

Hijos de los hombres. Domingo 13 de agosto a las 20:15 en TCM

Diego Soto


Escrito por Miércoles 31 mayo 2017

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