En busca de ‘La gran belleza’ con Jep Gambardella

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Esta es la historia de un intelectual, de nombre Jep Gambardella, que lleva décadas precipitándose por “el vórtice de la mundanidad”. Un veterano dandy que, la mañana después de celebrar su 65 cumpleaños, se levanta de la cama y se topa de golpe con el vacío de su existencia. “Esta es mi vida. Y no es nada”, dice, y en su rostro, en la magistral interpretación de Tony Servillo, podemos leer la angustia de alguien que (citando la obra de Céline con que se abre el film) se encuentra perdido en su particular Viaje al fin de la noche. “Estamos todos bajo el umbral de la desesperación”, se lamenta después, y al mirar a su alrededor trata de encontrar lo único que habrá de salvarle. Aquello que busca y no encuentra. La gran belleza.

Aprovechando que esta semana emitimos la que, sin duda, es una de las mejores películas del siglo XXI, os proponemos un paseo por la Ciudad Eterna en busca de esa belleza con que Jep intenta aplacar su melancolía. Un recorrido por aquellos lugares en los que Gambardella no logra hallar el sentido de la vida pero con los que Paolo Sorrentino construye no sólo un monumento al cine, sino también al absurdo de la existencia.

 

La noche

 

 

“La mañana es algo desconocido para mí”, le dice Jep a su asistenta un día en que, inexplicablemente, se levanta antes de tiempo. Y es que Gambardella es una criatura de la noche. Un crápula a quien el amanecer suele sorprender bailando en fastuosas fiestas, acompañado siempre de otros insomnes miembros de la jet-set romana más decrépita.

Pocas veces como en La gran belleza la juerga y el desenfreno se han mostrado con tanta intensidad. Pocas veces, también, han resultado más huecos. “Nuestras congas son las mejores, porque no llevan a ningún sitio”, sentencia nuestro protagonista.

 

El arte

 

 

No es casual que Jep Gambardella trabaje (sólo ocasionalmente, no vaya a cansarse) como periodista cultural. El arte, en definitiva, como decía el político y filósofo Nicolás Salmerón, no es sino “el pedestal de la belleza”. Sorrentino, sin embargo, concentrado como está en mostrar el vacío de nuestros días, no lleva a Gambardella a ver nada mínimamente estimulante, sino que le obliga a presenciar ridículas performances que simbolizan lo peor del arte moderno. Espectáculos esperpénticos con los que el director napolitano arremete contra el postureo y cierta burguesía intelectual. “Yo estaba destinado a la sensibilidad”, dice Jep, que no puede evitar mirar todos esos shows (niñas que lanzan cubos de pintura contra una pared, mujeres que se estrellan voluntariamente contra un muro…) con amargo escepticismo.

Cuarenta años atrás Jep también intentó crear belleza por sí mismo, y llegó a publicar una novela titulada El aparato humano. Sin embargo, y pese a que el libro fue un éxito, el joven autor sucumbió al hedonismo y acabó engullido por la nada. Esa nada sobre la que Flaubert dijo una vez que le hubiera gustado escribir y en torno a la cual Sorrentino construye su película.

 

Roma

 

coliseo

 

“Roma te hace perder un montón de tiempo”, dice Jep Gambardella, un hombre que está tan indisolublemente unido a la capital italiana que vive frente al Coliseo. En la pista central del circo.

Con su barroquismo habitual, haciendo gala de su insaciable apetito por el movimiento de cámara, Sorrentino convierte el seguimiento a su personaje en un apasionante tour por algunos de los lugares más bellos de la ciudad: la Piazza Navona, las Termas de Caracalla, Villa Medici…

Aunque Jep y sus amigos no dudan en manifestar que Roma les ha decepcionado, cuesta encontrar ese desencanto en las hermosas imágenes de Sorrentino, que prefiere plasmar la proverbial decadencia de la ciudad, más que en sus esculturas y palacios, en la moral de sus habitantes.

Para Jep, la gran belleza no está en Roma, pero no tenemos claro si Sorrentino (que abre el film con un turista fulminado por el síndrome de Stendhal) comparte su opinión.

 

La música

 

 

Seguramente, cuando alguien piensa en La gran belleza, lo primero que se le viene a la cabeza es su aplastante poderío visual. Sin embargo,  sus ácidos diálogos no resultan menos demoledores. “La única escena de jazz que me interesa es la etíope”, dice en una fiesta uno de los geniales secundarios de la película, y esta frase (otra vez la burla a la burguesía intelectual) nos sirve para introducir otro de los elementos claves del film: la música.

Combinando a la perfección con esa mezcla de vulgaridad y trascendencia que impregna todo el film, la atípica banda sonora alterna los temas más discotequeros y simplones (Rafaella Carrà, We No Speak Americano, Mueve la colita... ) con composiciones tan solemnes como el Dies Irae de Zbigniew Preisner, los coros de John Tavener en The Lamb o la evocadora versión que Kronos Quartet hace de The Beatitudes, de Vladimir Martynov.

 

 

El cuerpo humano

 

SET DEL FILM "LA GRANDE BELLEZZA" DI PAOLO SORRENTINO. NELLA FOTO TONI SERVILLO. FOTO DI GIANNI FIORITO

 

Una conversación con su amiga Stefania, con quien ni siquiera recuerda si se ha acostado, le delata: Jep Gambardella, habitual de los burdeles romanos más sofisticados, ha tenido tantas amantes que apenas puede diferenciarlas. El cuerpo de la mujer, por tanto, es otro de los lugares en los que nuestro anti-héroe ha buscado sin éxito el secreto de la existencia. Aunque en este caso (y nos mordemos la lengua para no hacer spoilers) se esté acercando bastante.

Emulando a su idolatrado Fellini (y como volviera a evidenciar recientemente en La juventud), Sorrentino vuelve  a mostrar esa fascinación tan italiana por las mujeres de formas rotundas, un canon de belleza personificado esta vez en la actriz Sabrina Ferilli.

Esa obsesión por la belleza física está presente en otros momentos del film. Por ejemplo, en esa escena en que el coqueto Jep (que lleva una faja bien escondida bajo la americana) asiste a un extraño acto en el que un cirujano estético reparte bótox con la misma solemnidad con que un sacerdote oficiaría la Eucaristía.

 

La religión

 

monja

 

Hablando de Eucaristía, la religión católica es, por supuesto, el otro lugar en que Gambardella intentará encontrar alivio para sus cuitas espirituales. La visión que Sorrentino da del alto clero (ese cardenal obsesionado con la gastronomía…) es absolutamente pesimista. Sin embargo, será una longeva misionera, considerada por muchos una santa, quien pondrá a Jep en el buen camino. “Las raíces son importantes”, dice Sor Maria. Y al escucharla, Gambardella respira esperanzado. Tal vez ahí esté no sólo el secreto de la gran belleza, sino la respuesta a esa otra cuestión que no deja de martillear en su cabeza. Y en la de todos: “¿Quién soy yo?”

La gran belleza. Sábado 16 de marzo a las 19:35 en TCM

Diego Soto


Escrito por Lunes 8 mayo 2017

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