Herzog y ‘Fitzcarraldo’: las dos caras del mismo sueño

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En junio de 1979 Francis Ford Coppola se recuperaba de una operación de hernia en una cama de hospital que había hecho instalar en su oficina, en la sede de los estudios Zoetrope en San Francisco. Coppola acababa de volver a casa después de presentar en media docena de festivales Apocalypse Noy encontraba, por fin, algo de descanso después de vivir una de las odiseas más grandes de la historia del cine. Aquella aventura, aquel rodaje infernal en Filipinas, esos dos años de penurias y dificultades, parecían una advertencia para todo aquel que osara embarcarse en empresas artísticas demasiado arriesgadas. Sin embargo, mientras Coppola yacía en esa cama, otro cineasta adicto a las emociones fuertes, otro idealista, se preparaba (precisamente en casa del director de El padrino) para un proyecto aún más suicida que la adaptación de El corazón de las tinieblas. Ese huésped de lujo de Coppola era el director Werner Herzog, autor de un film que había inspirado de forma decisiva Apocalypse Now (Aguirre, la cólera de Dios) y que en ese verano del 79 escribía en la mansión de su amigo el guión más delirante imaginado hasta la fecha. La madre de todas las locuras. Un disparate imposible titulado Fitzcarraldo.

En descargo de Werner Herzog hay que decir que Fitzcarraldo no era un disparate que hubiera surgido de su mente.  Fitzcarraldo era, en realidad, la recreación de otro disparate. El protagonizado por el comerciante y explorador peruano Carlos Fermín Fitzcarrald a finales del siglo XIX, cuando, tratando de abrir una ruta entre dos ríos, decidió trasladar un barco a lo largo de 11 kilómetros de selva amazónica. Una abrupta porción de tierra que, desde ese momento, recibe el nombre de istmo de Fitzcarrald.

El absurdo de aquella hazaña conmovió profundamente al cineasta germano, que en cuanto tuvo conocimiento de la proeza supo que estaba destinado a repetirla, aunque esta vez pertrechado de cámaras que registraran la heroicidad. “No son sólo mis sueños. Tengo la convicción de que todos esos sueños también son los de la gente. Y la única diferencia entre la gente y yo es que yo puedo articularlos”, dice Herzog en un momento del documental que Les Blanck rodó sobre el mítico rodaje, un film bautizado con el elocuente título de Burden of dramas (El peso de los sueños). “Si abandonara este proyecto sería un hombre sin sueños, y no me gustaría vivir así”, añade Herzog.

 

Kinski

 

Aquel sueño, como era de esperar, acabó transformado en una pesadilla. Sin embargo, los inicios del proyecto se antojaban bastante prometedores, ya que un importante estudio (20th Century Fox) se había interesado por la historia. Al igual que el director, los ejecutivos de la Fox creían que la epopeya de Carlos Fermín Fitzcarrald (transformado para la ficción en Brian Sweeney Fitzgerald) merecía ser contada. Lo que no sospechaban es que Herzog quisiera hacerlo de forma tan fidedigna. “Aquí se da por sentado que subiremos un barquito de plástico por una montaña en algún estudio de cine”, escribe el cineasta en su libro/diario Conquista de lo inútil a propósito de las intenciones de los productores, que obviamente huyeron despavoridos cuando Herzog le contó que lo que pretendía en realidad. “Será un verdadero barco de vapor sobre una montaña de verdad, pero no por una cuestión de realismo sino por la característica estilización de las grandes obras”.

Espoleado siempre por la visión de ese gran barco de vapor ascendiendo por una colina en plena selva (una imagen que superaba la proeza original, ya que el barco de Fitzcarrald era más pequeño y además fue desmontado  para su transporte), Herzog tardó cuatro años en terminar su película, un tiempo en el que, si duda, demostró ser uno de los directores más persistentes de la historia del cine. Y no sólo por la tenacidad con que defendió que debía arrastrar por la jungla una embarcación de 300 toneladas, sino también por cómo sofocó el resto de imprevistos que se fueron presentando.

 

herzog

 

Herzog comenzó la filmación de su epopeya con dos protagonistas absolutamente diferentes: Jason Robards como Fitzgerald y Mick Jagger (sí, el líder de los Rolling Stones) en el papel de su ayudante. Sin embargo, cuando ya llevaban 13 meses de filmación (aproximadamente el 40% del rodaje), Robards cayó enfermo de disentería y se vio obligado a regresar a Estados Unidos. El rodaje tuvo que aplazarse indefinidamente y Jagger, que tenía varios compromisos, no tuvo más remedio que abandonar el proyecto. Cualquier otro director, seguramente, habría abandonado aquí, incapaz de soportar semejante golpe con casi media película terminada. Sin embargo, ya lo sabéis, Herzog se debía únicamente a sus sueños. “Fue la pérdida más significativa que he tenido en mi carrera”, confesó y, dado que consideraba a Jagger “irremplazable”, optó por empezar otra vez la película eliminando su personaje y sustituyendo a Robards por un viejo conocido: Klaus Kinski. “Mi vida sigue o termina con este proyecto”, se limitó  responder cuándo le preguntaron si estaba seguro de querer continuar.

 

 

Aquellos que estén al corriente de cómo se las gastaba el actor alemán podrán imaginar el elemento añadido de inestabilidad que Kinski aportó a un rodaje que, ya de por sí, se desarrollaba en condiciones extremas. Como se puede comprobar en el vídeo adjunto, Kinski podía entrar en combustión simplemente porque no le gustaba la comida del catering, y sus ataques de ira eran tan virulentos, y tan frecuentes, que, según cuenta la leyenda, algunos de los nativos que trabajaron en el film llegaron a ofrecerse al director para (atención) asesinarlo. Puede que en otras condiciones, quién sabe, Herzog hubiera accedido a eliminar a alguien con quien mantenía una intensa relación amor/odio. Sin embargo, todavía tenía que terminar su película. Y, más importante aún, le faltaba por cumplir ese sueño de ver reptar su amado barco (el Molly Aida) por la jungla amazónica.

 

 

La escena más icónica de la película, la que motivó de hecho que toda esa locura se pusiera en marcha, se rodó básicamente tal y como se puede observar en el film. Sin apenas trucos, y sin recurrir por supuesto a ningún tipo de efecto especial. Igual que habían ayudado un siglo antes a Fitzcarrald, un ejército de indígenas se puso a las órdenes de Herzog e izó el barco ayudado por un rudimentario sistema de grúas y poleas. Se dice que el ingeniero brasileño que diseñó el sistema no quiso estar presente en el rodaje, aterrorizado por la idea de que el barco se soltara y provocase algún accidente mortal (como sucede en la ficción). Afortunadamente, en la realidad no hubo que lamentar ningún contratiempo de este tipo y Herzog pudo así ver su objetivo cumplido.

“Después de esta película debería dejar de hacer cine y me tendrían que llevar a un manicomio”, confesó el director alemán, que de aquella manera, gracias a su enfermizo tesón, apagaba el fuego que le había alimentado durante todos esos años: el ansia por reeditar la hazaña de alguien que, mucho tiempo antes, también había tenido otro sueño imposible. Un comerciante de caucho fascinado por la ópera y por las misiones utópicas que, por si aún no os habéis dado cuenta, no era otro que él mismo.

Fitzcarraldo. Jueves 11 de enero a las 17:40 en TCM

Diego Soto


Escrito por Jueves 23 marzo 2017

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