‘A las nueve cada noche’: los siete cabritillos y el lobo

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En The Hustons, libro biográfico sobre la popular saga de cineastas, el periodista y escritor Lawrence Grobel cuenta que, cuando una joven Anjelica Huston acudió al cine en 1967 a ver A las nueve cada noche, se pasó toda la proyección llorando. “Estaba seriamente perturbada por la película”, recuerda Grobel, resumiendo así, con esta elocuente anécdota, la inquietante naturaleza del film de Jack Clayton, un título claustrofóbico, incómodo, por el que muchos otros también confiesan haberse sentido marcados. “Es la historia de unos niños que no tienen padre, y tan religiosos que cuando su madre muere deciden enterrarla en el jardín […]. Suena macabro, pero es una bonita historia”, se defendía por su parte Jack Clayton en la biografía escrita por Neil Sinyard.

Pese a parecer contradictorios, los dos análisis de la película (el de la ilustre espectadora y el de su creador) son perfectamente compatibles. Y es que ese contraste entre lo hermoso y lo truculento, entre la oscuridad de la muerte y la luminosidad del universo infantil, es el principal rasgo diferencial de un clásico maldito del thriller psicológico que, sin duda, merecería un lugar más destacado en la memoria cinéfila.

 

 

Como nos adelantaba Jack Clayton en su anterior cita/sinopsis, A las nueve cada noche está protagonizada por siete niños de diferentes edades. Siete devotos hijos educados estrictamente en la fe católica que, al fallecer su madre, deciden mantenerlo en secreto y seguir viviendo por su cuenta en la mansión en la que habitaban hasta la fecha. El principal miedo de los hermanos es ser internados en un orfanato, y por ello se cuidarán muy mucho de que ningún adulto (su profesora, su vecino, la asistenta…) descubran que no hay tutores a su cargo. Su situación, no obstante, cambiará el día en que estos siete cabritillos bajan la guardia y un cautivador lobo con piel de cordero (Dirk Bogarde) se cuela en su casa afirmando ser su padre.

Como todas las sinopsis, esta sirve únicamente para darnos una idea del contenido de la trama, adaptada de un libro de Julian Gloag por los guionista Jeremy Brooks y Haya Harareet. El resumen, sin embargo, no es suficiente para transmitirnos el tono opresivo, turbador, que Clayton consigue imprimir a una película difícil de etiquetar y ante la que, muchas veces, no sabemos cómo reaccionar: llorando, como Anjelica Huston, o riendo, aún a sabiendas de que tarde o temprano esa sonrisa no tardará en congelarse. Buena prueba de esta ambigüedad son las dificultades que el film encontró en su distribución. ¿A quién debía dirigirse? ¿Cuál era su público objetivo? Realmente, ni sus propios responsables lo sabían, y las cosas se complicaron aún más cuando la película recibió la calificación X, algo que sin duda propició su posterior fracaso comercial.

 

Margaret Brooks, una de las niñas protagonistas, era la hija del co-guionista del film: Jeremy Brooks.

Margaret Brooks, una de las niñas protagonistas, era la hija del co-guionista del film: Jeremy Brooks.

 

La mayoría del reparto, por tanto, ni siquiera tenía los 16 años de edad que eran necesarios para ver la película en las salas inglesas. Clayton, que ya había dirigido a niños en sus dos obras anteriores (Suspense y Siempre estoy sola), volvió a demostrar su extraordinaria pericia a la hora de dirigir a un cast que habría provocado pesadillas en su compatriota Hitchcock. Todos los niños están, por separado, simplemente soberbios, mientras que juntos logran transmitir la sensación de solidez y complicidad que demandaba una historia que habla, entre otras cosas, de los lazos familiares y la importancia del grupo. De todos esos aprendices de intérprete, sólo dos lograron labrarse una carrera en la gran pantalla: Pamela Franklin (que interpreta a Diana, esa hija que establece una morbosa conexión sexual con su presunto padre) y el más conocido Mark Lester, a quien esta interpretación, paradójicamente, llevó directo a un centro de acogida (su siguiente film sería Oliver).

Mención aparte merece la maravillosa música de George Delerue, colaborador habitual  de Clayton y autor de una partitura que, una vez más, incide en la ambigüedad. La melancólica belleza de la banda sonora contrasta con el ambiente siniestro de una historia que huye de los lugares comunes y no duda en combinar bucólicas estampas de niños correteando  por el parque con imágenes más propias del cine de terror gótico (esas sesiones de espiritismo con los niños intentado conectar con el más allá…).

En definitiva, un título a recuperar, que reflexiona sobre la presunta inocencia infantil y sobre los efectos de la religión y la educación, y que, por su perfil más minoritario, funciona como refrescante complemento de otros clásicos más reputados de nuestra programación. No os la perdáis.

A las nueve cada noche. Jueves 31 de agosto a las 20:15 en TCM

Diego Soto

 


Escrito por Martes 14 marzo 2017

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