Fonda y Lumet: dos debutantes para ’12 hombres sin piedad’

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Henry Fonda sólo produjo una película, pero el estrés que le produjo fue tan grande que decidió que nunca jamás volvería a repetir la experiencia. Aquel film era Doce hombres si piedad, una obra maestra que ganó el Festival de Berlín y resultó nominada a tres Oscar pero que, sin embargo, a nivel de taquilla resultó un fiasco, un revés que sin duda contribuyó  a la negativa de Fonda a repetir como productor.

La obra original, escrita por Reginald Rose para televisión, se estrenó en la CBS en 1954. Tres años más tarde, el propio Rose y Henry Fonda recaudaron 350.000 dólares y decidieron adaptar el texto al cine. Para dirigir la película, la pareja de co-productores escogió a otro “debutante”, un director que jamás había trabajado para la gran pantalla pero que tenía ya mucha experiencia en televisión. Su nombre era Sidney Lumet, y aquel film marcaría ya algunas de las líneas maestras de su cine: una notable dirección de actores, un tono realista en la forma de contar las historias y un especial interés por temas como la justicia, el humanismo o la simple decencia.

Como resulta natural en dos personas que se aventuran en un campo desconocido, Fonda y Lumet se encontraban especialmente tensos y tuvieron algún que otro roce en el rodaje. Fonda acababa de trabajar con Hitchcock en un film con ciertas similitudes, Falso culpable, y no dudaba en recordar a Lumet las cosas que el maestro británico habría hecho en su lugar, algo que sin duda molestaba al cineasta neoyorquino. Lumet, en cualquier caso, no tardó en demostrar que, aunque él no fuera Hitchcock, también era capaz de tener grandes ideas.

 

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Una de esos grandes hallazgos estaba relacionado con la forma de filmar la película, que debía evolucionar a medida que también avanzaban las deliberaciones de sus protagonistas. Con el asesoramiento del director de fotografía Boris Kaufman (injustamente ignorado en las nominaciones al Oscar), Lumet decidió  que al principio del film la cámara se situara por encima de los ojos, utilizando una lente gran angular para dar sensación de profundidad. Conforme avanzaba el metraje, las lentes se fueron cambiando con la idea de hacer parecer la sala más pequeña y la cámara además se colocó a la altura de los ojos. Al final, casi todos los planos están tomados desde un ángulo bajo y son mucho más cerrados, dando así la impresión de que los personajes se agigantan mientras la sala se reduce, creando una sensación de claustrofobia.

A propósito de fobias, Henry Fonda padecía una que resultaba ciertamente delicada a la hora de ejercer como productor: odiaba ver la películas en las que él aparecía. “Sidney, ¿qué voy a hacer?”, le confesó a Lumet un día, según se puede leer en la biografía Fonda: My Life. “No puedo soportar verme a mí mismo en la pantalla. Jamás veo los ‘dailies’, y a veces espero dos años hasta ver una película acabada”. En la misma biografía, Sidney Lumet completa la historia: “Hank se armó de valor, entró en la sala de proyección y se sentó detrás de mí. Miró la pantalla un momento y después puso su mano alrededor de mi cuello, apretando tan fuerte que pensé que mis ojos se iban a salir de las órbitas. Se inclinó hacia adelante y me dijo: ‘Sidney, es magnífico’. Después salió corriendo y no volvió nunca jamás a ninguna proyección”.

Doce hombres sin piedad. Miércoles 4 de octubre a las 12:15 en TCM

Diego Soto


Escrito por Jueves 2 marzo 2017

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