‘Malas calles’: el blaxploitation que no fue

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Cuenta la leyenda que, cuando John Cassavetes vio la segunda película de Martin Scorsese (El tren de Bertha, un film de encargo producido por Roger Corman), le confesó sin cortarse a su colega: “Has perdido un año de tu vida haciendo un pedazo de mierda”. Scorsese se tomó la crítica muy en serio y decidió entonces dirigir una película que fuera genuinamente personal, un film que hablara de lo que él conocía de verdad y en el que volcar todas sus inquietudes y vivencias. Ese film, ya lo sabéis, es Malas calles, un clásico en el que Scorsese (utilizando a Harvey Keitel como álter ego) pudo plasmar sus reflexiones sobre la religión, el mundo del crimen, la familia, y en definitiva, sobre esos ambientes en los que creció en la barriada neoyorquina de Little Italy, una zona regida por la ley del más fuerte a la que venía como anillo el título de la película, sacado de una frase del escritor Raymond Chandler: “Down these mean streets a man must go”.

Scorsese no era el único vecino de la zona que participaba en el film. También Robert De Niro era un residente de Little Italy que coqueteó con la delincuencia más o menos en los mismos años en que Marty se debatía entre ser cura o ser cineasta (el actor nació en 1943 y el director en 1942). Curiosamente, pese a vivir a sólo unas manzanas de distancia, Scorsese y De Niro no fueron amigos en la adolescencia, aunque cuando Brian De Palma les presentó años más tarde ambos reconocieron conocerse de vista. De Niro, por cierto, estuvo a punto de llevarse el papel de su compañero Harvey Keitel, pero finalmente Scorsese le adjudicó el de Johnny Boy, un rol inspirado en el pendenciero tío paterno del director: Joe ‘The Bug’ Scorsese.

 

Scorses

 

En definitiva, todo parecía tener sentido y encajar a la perfección en un proyecto que terminaría funcionando como una especie de borrador de Uno de los nuestros, la gran obra maestra sobre el mismo tema del director. Sin embargo, los azares del mundo del cine (o más bien de su caprichosa financiación) estuvieron a punto de hacer que Malas calles se pareciera más a un film de Spike Lee o de la saga Shaft que a una descripción del universo criminal italoamericano. Y es que cuando Scorsese le envió el guión a su mecenas Roger Corman (un guión que Scorsese y su co-guionista Mardik Martin solían escribir mientras recorrían en coche Little Italy), el famoso productor y director de films de serie B le dijo que le proporcionaría el dinero que necesitara siempre y cuando (siguiendo la moda del blaxploitation) sustituyera a todos los protagonistas de su película por gente de color y trasladara la trama a Harlem.

Afortunadamente, Scorsese logró encontrar financiación a través de Warner Bros. y pudo preservar así la idea original. El dinero recaudado, no obstante, no fue demasiado, y por exigencias de producción Marty tuvo que rodar en Los Ángeles y recurrir para gran parte de las escenas a la cámara en mano. Si embargo, también eso le salió bien. Aunque Scorsese lo hizo en gran medida porque no tenía dinero para, por ejemplo, pagar los raíles de los travelling, toda la crítica alabó ese realismo sucio y ese tono semidocumental con que el director rodó una de sus películas más autobiográficas.

Malas calles. Domingo 5 de marzo a las 18:30 en TCM

Diego Soto


Escrito por Martes 20 diciembre 2016

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