Chaplin’s World: viaje a la casa-museo de Charlot en Suiza

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chaplins world

 

El 19 de septiembre de 1952, mientras cruzaba el Atlántico para asistir al estreno londinense de Candilejas, Charles Chaplin recibó un mensaje que, a buen seguro, aún hoy avergüenza a muchos americanos. Debido a sus ambiguas opiniones políticas, a su apoyo a la URSS en la II Guerra Mundial, a su proverbial reticencia a convertirse en ciudadano estadounidense, el gobierno de este país, por boca de su Fiscal General, le prohibía regresar a la que había sido su tierra de adopción durante cuatro décadas.

Cansado de las persecuciones del FBI, y de los escándalos en la prensa y los boicots a sus películas (un saludo a la señora Hedda Hopper), quien pocos años atrás fuera la persona más venerada del planeta acató la orden y decidió no regresar jamás a un país que ahora le acusaba de “destruir su fibra moral”.

En un primer momento Chaplin (63 años) y su mujer Oona (27) se instalaron en un hotel de la localidad suiza de Lausana. Sin embargo, una vez que Oona rescató todo el patrimonio familiar atrapado en suelo americano (gran parte de ese capital viajó a Europa cosido en el forro de su abrigo) la pareja se mudó a una vivienda más acorde a sus necesidades y a las de su numerosa prole: el Manoir de Ban, una mansión ubicada a los pies de los Alpes y a la orilla del lago Leman, en la pintoresca localidad de Corsier-sur-Vevey. Un enclave idílico en cuya contemplación, dicen, se abismaba Chaplin a diario, hasta el punto de prohibir a sus ocho retoños pisar el césped en días de nieve para que no estropearan con sus huellas esa inmaculada perfección.

 

chaplin manoir

 

39 años después de que Chaplin muriera plácidamente en su bucólico retiro suizo, y tras 16 años de espera y una inversión de 60 millones de euros, el Manoir de Ban se ha abierto esta primavera al público bajo el nombre de Chaplin´s World, y huelga decir, dada la veneración que aquí profesamos por el cómico inglés, que nos ha faltado tiempo para correr a verlo y rendir tributo a uno de los más grandes iconos del séptimo arte.

En concreto, quien esto escribe se personó con su familia en las puertas del museo a primera hora de la tarde del 11 de agosto. Lo que los suizos, especifiquemos, llaman la tarde, ya que aunque Chaplin’s World cierre a las 18:00,  la taquilla lo hace sesenta minutos antes (más o menos cuando un español está en plena fase REM de la siesta). El complejo, por supuesto, dispone de la correspondiente cafetería para coger fuerzas de cara a la larga visita (unas tres horas), pero nosotros, dados los precios del país alpino, procedimos a hacer el primer homenaje al vagabundo Charlot almorzando un bocadillo traído de casa en un pedazo de césped junto al parking.

 

The Tramp

 

La visita (21 euros los adultos, 15 los niños) se divide en dos partes: una primera dedicada a la obra de Chaplin (The Studio) y una segunda centrada en su vida personal que discurre por los pasillos y habitaciones del que fuera su domicilio. Estas dos secciones (al revés que en el documental de Banksy) tienen su entrada por la tienda de regalos, y es aquí donde encontramos el primer detalle que nos llama la atención: la irónica presencia, entre colecciones de DVD’s, posters y bombines, del libro de Frederic Beigbeder Oona y Salinger, una obra deliciosa pero en la que, ay, Chaplin representa el papel de “villano” (el ‘viejo verde’ que le roba a Salinger la chica mientras el escritor combate en la II Guerra Mundial) y que además no contó con el apoyo de los hijos del genio, que se negaron a facilitar a Beigbeder la correspondencia que mantuvo su madre Oona con el autor de El guardián entre el centeno.

 

Beigbeder

 

Pero dejémonos de centeno y vayamos al grano. Una vez esquivada la tienda y sus precios tamaño Mont Blanc, los visitantes iniciamos el recorrido en el mejor lugar posible: una sala de cine (¿dónde si no?) en la que se proyecta un breve video introductorio sobre la biografía de Chaplin. El video, seamos sinceros, no es gran cosa, pero como el resto del museo tiene un propósito claro: poner de relieve el compromiso que Chaplin siempre mantuvo con la defensa de la concordia y la libertad individual. Lo mejor de la película, en cualquier caso, viene al final. Y es que tras la proyección del último fotograma, para asombro de grandes y pequeños, la pantalla se alza y, al más puro estilo La rosa púrpura de El Cairo, los espectadores son invitados a atravesarla y acceder por su propio pie al universo de Charlot.

 

londres

 

La primera parada de esta incursión al otro lado de la cuarta pared son esos callejones de Londres en los que el autor creció a finales del XIX, unos difíciles comienzos a los que rendiría homenaje en El chico. Rodeados ahora de pulcros turistas centroeuropeos, caminamos maravillados por ese escenario dickensiano mientras sigilosamente (ahora no parecemos españoles) intentamos rezagarnos para disfrutar con más tranquilidad del encantamiento. Estamos, no es un sueño, dentro del mundo de Charlot, y para dar fe de ello, tocado con su inconfundible gorra, nos espera a la vuelta de la esquina el mismísimo Jackie Coogan. Emocionados, le dedicamos una sonrisa (y tal vez, quién sabe, una lágrima).

 

Coogan

 

De aquí en adelante todo el tour es un absoluto disfrute. Una montaña rusa cinéfila en la que nos cruzamos con la florista ciega de Luces de la ciudad, nos balanceamos en la cabaña oscilante de La quimera del oro, nos internamos en los engranajes de la maquinaria de Tiempos modernos, nos sentamos en el sillón de barbero de El gran dictador… Las réplicas de los protagonistas de estas escenas están esculpidas en cera, pero no temáis, esto no es el museo de la madrileña plaza de Colón. Aquí las personas de mentira (creadas por el Museo Grevin) se parecen tanto a las de verdad que cuesta diferenciarlas. De hecho, jugando al despiste, los organizadores han incluido en la exposición el maniquí de una falsa turista a la que más de uno acabó solicitando (con gentil educación franco-helvética) que se quitara por favor de en medio.

 

luces de la ciudad

 

Además de esta especie de dioramas tamaño natural, en el recorrido también encontramos algunos tesoros de la carrera de Chaplin (sus dos Oscar, sus primeros contratos con Keystone…), así como figuras de varios autores que se inspiraron en su obra: Fellini, Woody Allen, Michael Jackson (¿acaso no era un ‘Moonwalk’ el baile de Charlot en el restaurante de Tiempos modernos?).

Finalmente, deslumbrados por las luces de Candilejas que cierran el itinerario, y por el fuerte sol de agosto que se refleja como un espejo en el lago Leman, salimos al exterior a regañadientes, con cierta sensación de desilusión por haber regresado al otro lado de la pantalla. Sin embargo la vuelta a la realidad es solo momentánea, ya que frente a nosotros se abren ahora las puertas de la mansión de Chaplin, y con ello la posibilidad, ya que no podemos volver a colarnos en sus películas, de viajar al menos al interior de su vida privada.

 

recibidor

 

En el hall del suntuoso Manoir de Ban nos reciben educadamente los señores de la casa. Él, Charles, recordando en su juguetona versión de cera el film Un rey en Nueva York. Ella, Oona, la hija del Nobel Eugene O’Neill, sonriendo desde un retrato en el que no puede disimular su parecido con su primogénita Geraldine. Junto a ellos, hablando de familia, un frondoso árbol genealógico para aclararnos quién es quién en la dinastía Chaplin, y allí, posado en una de sus innumerables ramas, nuestro Carlos Saura, que de forma pasajera (de nuevo Geraldine) también fue miembro del clan.

En los reformados pasillos de la mansión, a través de diferentes videos y fotos, uno puede hacerse a la idea de cómo era la vida de la familia en esos años 50, 60 y 70. Cómo Chaplin, pese a haber dejado su mejor época atrás, seguía empecinado en crear (Un rey en Nueva York, La condesa de Hong Kong); cómo eran visitados a diario por las más grandes personalidades (Winston Churchill, Albert Einstein); como cada tarde, indefectiblemente, se reunían todos a cenar a las 18:45 (¿se deberá al respeto a esa costumbre el empeño de cerrar la atracción a las 18:00?)

 

Familia

 

Al igual que sucede en el muy interactivo The Studio, el visitante aquí también puede jugar con todo lo que le rodea, husmear, toquitear, sentarse incluso a la mesa de esa cena familiar en la que siguen servidos los platos (no intente llevárselos, están pegados al mantel). Sin embargo, seguramente por respeto, un lugar permanece vedado a la interacción del turista: la cama en la que Chaplin se despidió de ese mundo que, como en la célebre secuencia de El gran dictador, una vez giró como una pelota a su alrededor.

 

Cama

 

“No veo tragedia alguna en la soledad de la vejez”, escribió el genio en sus últimos días, intentando disimular el dolor por el exilio pero, al mismo tiempo, satisfecho por el lugar de residencia elegido. “La vida en Suiza es realmente agradable y puede ser lo que tú quieras que sea. Puedes intimar con personalidades ilustres, con millonarios, con artistas, y políticamente estar en desacuerdo con todos ellos. Todo lo contrario que algunas grandes mentes americanas que quieren castrarte sólo por tener una opinión diferente”, podemos leer en una pared de la mansión.

Horas después, mientras abandonamos el bello paisaje de Vevey, y los pequeños disfrutan en el coche de una copia de Tiempos modernos (al final hubo que aflojar los francos suizos), recordamos esa cita e, inspirados por el ejemplo de Chaplin, reflexionamos sobre la libertad y la tolerancia, y sobre la necesidad de evitar que la historia se repita. Y pensamos también, desde el debido respeto a las opiniones de los demás, en cuánto más graciosos resultan los ‘tramps’ (dónde va a parar) que los ‘trumps’.

Chaplin’s World.  Route de Fenil 2-6, 1804 Corsier-sur-Vevey, Suiza

El chico. Domingo 28 de agosto a las 7:15 en TCM

Diego Soto


Escrito por Martes 16 agosto 2016

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