Stanley Cortez: el cazador de contrastes

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La noche del cazador suele ser recordada, principalmente, por dos cosas: por ser la primera y última película como director de Charles Laughton y por los nudillos tatuados de un memorable Robert Mitchum. Sin embargo, hay otro nombre en el equipo artístico de este siniestro cuento gótico que merece situarse, cuando menos, a la altura de los dos anteriores. Nos referimos a Stanley Cortez, el director de fotografía de un filme que, entre otras cosas, pasará a la historia por sus claroscuros y su acabado expresionista.

Aunque quizás no sea el caso de los lectores de este blog, es un hecho que la mayoría del público ignora hasta qué punto los directores a veces desconocen el funcionamiento de una cámara. Eso es lo que le ocurría al debutante Charles Laughton, un actor dotado de una extraordinaria sensibilidad estética pero que carecía de cualquier conocimiento técnico. Por ese motivo, el intérprete británico delegó toda la parte visual en Stanley Cortez, que había deslumbrado a la profesión 13 años antes con su trabajo en El cuarto mandamiento.

 

La cámara de Cortez, a punto de empezar a rodar.

 

Durante las semanas previas al rodaje del filme, Laughton quedó con Cortez todos los domingos para, en largas sesiones, aprender todo lo que fuera posible sobre la iluminación, los encuadres, los fundamentos de la cámara… El interés y la aplicación del aprendiz eran tales que acabó sorprendiendo a su propio maestro, hasta el punto de que Cortez siempre sostuvo que, junto a Orson Welles, Laughton era el mejor director con el que había trabajado: “puede que no supiera nada de la técnica, pero tenía muy claro lo que quería decir”.

La secuencia del asesinato de Willa (ya sabéis que con clásicos de esta magnitud nos permitimos los spoilers) es una buena prueba de hasta qué extremo el director de fotografía es responsable del resultado final. A Cortez le gustaba tomar de determinadas piezas musicales la inspiración para la iluminación de las escenas, y en este caso tómo como referencia el Valse Triste de Sibelius. Cuándo se lo contó a Laughton, éste llamó inmediatamente al compositor, Walter Schumann,  y le pidió que adaptara esa música para la película.

 

La escena en la que suena la adaptación del inspirador ‘Valse Triste’.

 

Otro de los momentos más recordados del clásico es el estremecedor plano del cadáver de Willa bajo el agua. El perfeccionista Cortez recorrió medio Hollywood hasta encontrar un tanque que le permitiera rodar la escena como la tenía en mente (con esa luz etérea, con ese suave movimiento de cámara hacia la superficie, con un ventilador que permitiera mover el cabello de la víctima…). La mujer que aparece sentada en el coche es, en realidad, un muñeco de cera, aunque Robert Mitchum (que no se llevó muy bien con Shelley Winters durante el rodaje) comentó que hubiera preferido ver a la propia actriz en esas circunstancias.

 

Imagen de previsualización de YouTube

 

Y una última anécdota antes de terminar (esperamos que nos perdonéis por desvelarla y desmitificar uno de los más bellos planos del film): la imagen del jinete en la distancia que encabeza este post tiene truco. No se trata de Robert Mitchum en un caballo, sino de un enano montado en un pony. Cosas de la perspectiva.

La noche del cazador. Jueves 20 de julio a las 12:00 en TCM

Diego Soto


Escrito por Jueves 5 septiembre 2013

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