San Sebastián día 7: calma, tempestad y tiburones

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Suele decirse que después de la tempestad viene la calma, pero aquí en San Sebastián, en un festival que poco a poco se va acercando  a su final, ha ocurrido justamente lo contrario. Tras una jornada rara, extraña, en que por un lado la huelga y por otro el enfado del iraní Bahman Ghobadi hizo que se cancelaran gran parte de los actos programados, hoy el Zinemaldia ha vuelto a la normalidad, a ese frenesí constante que lo caracteriza y que empieza a minar ya las menguadas fuerzas de los medios desplazados.

Y es que la agenda de hoy era de aúpa. Por un lado, porque se entregaba el tercer Premio Donostia de esta edición a Ewan McGregor, que ha tenido que coger tres aviones para llegar a San Sebastián desde Estados Unidos. Por otro, porque se estrenaba la película que él mismo interpreta, para muchos la más esperada no sólo del festival, sino de la historia reciente del cine español: Lo imposible, de Juan Antonio Bayona. Todos (el filme ya se había visto en Toronto) estábamos sobre aviso de lo que se nos venía encima, pero aún así hemos acabado sobrepasados por el tsunami emocional (una auténtica prueba de resistencia mental y física) a la que nos ha sometido durante casi dos horas el director catalán

 

Naomi Watts y su hijo en una de las múltiples secuencias desgarradoras de ‘Lo imposible’.

 

Tal y como esperábamos, Lo imposible, una película que ha costado 30 millones de euros (27 millones más que El orfanato) tiene un diseño de producción apabullante, además de algunas de las imágenes más espectaculares vistas nunca en nuestro cine (la escena inicial en la que Naomi Watts y su hijo son arrastrados por la corriente es para quitarse el sombrero). Sin embargo, pocos podíamos sospechar hasta qué punto Bayona nos iba a poner al límite con esta historia inspirada en el drama real de la turista española María Belón. El guión de Sergio G. Sánchez plantea un clímax emocional constante que se sirve de los miedos más primarios y elementales del espectador (el pavor a la muerte, el pánico a perder a los hijos, el dolor físico…) para aplastarlo contra la butaca y, literalmente, hacerle llorar, temblar y retorcerse hasta los créditos finales.

La mayoría de la crítica ha alabado el despliegue técnico y el admirable pulso narrativo con el que está contada esta trágica historia, pero han sido muchos también los que han recurrido a la manida expresión de “pornografía emocional” para describir  la manera en que sus autores nos cuentan las desventuras de la familia Bennett. Lo que sí parece claro es que esta cinta, que se estrena en España el 11 de octubre, va a pasar como un huracán por la necesitada taquilla. Aconsejamos a quienes vayan a verla (sobre todo si tienen hijos) que vayan bien provistos de kleenex y se abstengan de rímel o cualquier otro tipo de maquillaje. Lo van a pasar mal. Peor que nunca.

 

Una imagen de ‘Días de pesca’, de Carlos Sorin.

 

Afortunadamente, después de este lacerante tormento psicológico, la Sección Oficial nos tenía preparada una película más pequeña, más corta y más ligera a modo de reconstituyente. Días de pesca de Carlos Sorín, supone el regreso de su director a su querida Patagonia y a esos dramas mínimos en los que tan bien se maneja. Como en Lo imposible, la trama de la historia nos lleva una vez más a la orilla del mar, en este caso un océano mucho más calmado junto al que el protagonista, un alcohólico rehabilitado, trata de encontrar la redención. Como de costumbre, Sorin explota con maestría el sentimiento de desarraigo y desubicación de su personaje principal, al que esta vez castiga poniéndole a pescar tiburones, una actividad para la que, como de costumbre, no está ni mucho menos preparado, lo que acentúa su entrañable patetismo.

 

Gad Elmaleh, como el banquero protagonista de ‘Le capital’.

 

Pero para tiburones, los que retrata el veterano Costa-Gavras en la que, hasta la fecha, ha sido la película más aplaudida por el público de las que hemos visto en el Kursaal: Le Capital, la adaptación de la novela homónima de Stèphane Osmont. Los espectadores, que ya habían acompañado con ovaciones y “bravos” algunos momentos del filme, se han puesto en pie al acabar la proyección para aplaudir al director greco-francés, presente en la sala. Y es que esta película, al igual que hacía tangencialmente El fraude, aborda los problemas que más preocupan ahora mismo al ciudadano de a pie , y le reafirma en lo que él (y todos) más o menos sospechamos: que los cacareados mercados, la sobada coyuntura, la omnipresente crisis, tal vez no son más que la cortina de humo tras la cual la banca y los poderosos (magistralmente reflejados en el filme) se esconden para seguir perpetrando sus fechorías. Una obra incendiaria, necesaria, rabiosamente actual que, quién sabe, puede dar la campanada y llevarse la Concha de Oro. Basta con que al jurado le dé por votar con la conciencia. No lo descartemos.


Escrito por Jueves 27 septiembre 2012

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