El éxito inesperado de ‘Gritos y susurros’
La víspera de Nochebuena de 1972, Ingmar Bergman recibió la llamada de una extraña voz: “It is a rave, a rave!”. Bergman tardó unos segundos antes de comprender que su película Gritos y susurros se había convertido en un éxito total. Durante meses el agente del director sueco, Paul Kohner, trabajó sin descanso para distribuir la película en cines de Nueva York y de capitales europeas, pero solo recibió por respuesta duras críticas. Tras el rodaje, que duró ocho semanas y al que siguió un largo periodo de sincronización y costosas pruebas de laboratorio, Bergman pensó que se vería obligado a cesar la actividad de su productora, Cinematograph. Había invertido en el filme todos sus ahorros y convenció a sus cuatro protagonistas de que también invirtieran sus honorarios en la coproducción, a lo que sumó un préstamo de medio millón de coronas del Instituto del Cine. Esto le valió el desprecio de sus compañeros de profesión, que alegaban que Bergman podía conseguir financiación extranjera en lugar de “quitarles el pan a sus propios colegas”. Una acusación que el cineasta desmiente, ya que en aquellos momentos no encontró más ayuda que la de la entidad nacional. Así que, después de todo, en solo diez días la película se había vendido en la mayoría de los países donde “aún quedaban cines”, cuenta el propio Bergman en su autobiografía. Gracias a Gritos y susurros, Bergman pudo dar sus primeros pasos como productor: “La vida me sabía mejor que nunca”.
Escrito por Martes 18 septiembre 2012

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