Cuando Monty (Clift) encontró a Liz (Taylor)
En el libro que sobre Montgomery Clift escribió Patricia Bosworth hay otro capítulo que me gustaría compartir con vosotros.
Se refiere a la primera vez que coincidieron dos de los rostros más bellos y carismáticos que jamás se han visto sobre una pantalla, y que fuera de ella fueron grandes y profundos amigos.
Ahí va:
“Monty no quiso llevar a Elizabeth Taylor al estreno de La heredera en el teatro Grauman´s Chinese de Hollywood. Odiaba a las multitudes, a los ávidos y sudorosos cazadores de autógrafos que le arrancaban los botones de la chaqueta si lograban acercársele. Odiaba tener que besar a las esposas de los productores.
-La última vez que fui a un estreno en Nueva York la señora de Fulano me metió la lengua en la boca -informó a Max Youngstein.
De todos modos, ¿quién era aquella Elizabeth Taylor? Monty acababa de pasar la noche en la cámara de los condenados a muerte de San Quintín, preparándose para Un lugar en el sol y estaba preocupado con la emoción de interpretar el papel de un condenado que no era un hombre vulgar. Todo cuanto sabía de E.T. era que se trataba de una magnífica actriz cinematográfica de 17 años que recientemente había manifestado:
-Tengo las emociones de una chiquilla en un cuerpo de mujer.
Y que recientemente había escrito un libro sobre su ardilla doméstica titulado Nibbles y yo.
Rogó a Max Youngstein y a Lew Wasserman que le permitieran permanecer en su hotel y estudiar en paz el guión de Un lugar en el sol con Mira Rostova, pero ambos se mostraron inflexibles: debía asistir al estreno. Era una orden de la Paramount, dijeron. Como actor más cotizado de Hollywood (dio un respingo al oírles) y puesto que él y la Taylor iban a interpretar el papel de amantes en la tragedia de Dreiser y el aspecto sexual de la película sería muy explotado, era un natural ardid publicitario que aparecieran juntos en público.
Monty se rio al oír el calificativo “natural”. Pues bien, no tenía esmoquín. Le dijeron que ya le habían alquilado uno. Enojado, expuso una última condición: debía acompañarles al estreno su profesora Mira Rostova. Youngstein convino en ello y rápidamente dispuso las cosas para que uno de sus ayudantes fuese el acompañante de Rostova.
El agente de prensa Harvey Zim, que estaba presente aquella velada, recuerda:
-Aquello comenzó un como El día de la langosta. Había una divertida tonalidad roja en el cielo, como si se hubiera provocado un incendio en las colinas o algo parecido. Mira Rostova estaba sentada, tiesa como un huso, en el asiento posterior de la limusina entre un silencio aciago. Monty manifestaba malestar y nerviosismo, y pretextaba sufrir terribles retortijones de estómago.
Mientras pasaban por Sunset Boulevard, Monty insistió en detenerse en un motocine donde compró hamburguesas crudas y durante el camino se puso como anillos los rojos dados como si fueran cuentas martirizadas.
Cuando Elizabeth Taylor se unió a ellos, el ambiente se animó considerablemente.
-Estaba encantadora y se mostraba tan mal hablada y despreocupada por acudir al estreno que todos los demás que iban en la limusina también se tranquilizaron.
La Taylor, que aparecía en las películas desde los diez años, estaba acostumbrada a verse incesantemente promocionada, habiendo vivido virtualmente toda su vida entre pública exhibición. Cuando ella y Monty se hicieron íntimos amigos, solía reprenderle por negarse a colaborar con los medios de comunicación.
-Si lo hicieras, no sólo serías la más importante estrella del mundo, sino que también ganarías el Oscar-le decía.
Una manzana antes de llegar al teatro Grauman´s Chinese, el agente de prensa y Mira saltaron de la limusina y siguieron a pie de modo que “Liz y Monty pudieran entrar juntos de modo romántico”. La multitud se quedó embobada y los aclamó mientras pasaban por la alfombra roja y entraban en el teatro.
Una vez en su asiento, Monty confió que se había sentido como si se estuviera arrastrando por un agujero mientras cubrían su cabeza de arena. Ya había visto su actuación en La heredera, dijo a la Taylor, y le resultaba odiosa, detestable y despreciable. Y procedió a explicársela con todo detalle.
La Taylor le hizo guardar silencio, pues ya se estaba proyectando la película. Unos momentos después de su primera escena con Olivia de Havilland ella le susurró cuán maravilloso estaba, pero él sólo murmuró algo inaudible y luego comenzó a agitarse junto a ella. En un momento determinado le cogió la mano y la estrechó tan intensamente que ella casi no pudo reprimir un grito de dolor.
-Estoy espantoso, Bessie Mae, estoy espantoso- murmuraba incansablemente.
Pero al finalizar la representación se escucharon bravos y aplausos, y cuando se encendieron las luces la gente se levantó en todo el teatro y la multitud le rodeó felicitándole y diciéndole que había estado maravilloso. Él escuchaba retorciéndose en su silla, luego se puso en pie de un salto y profirió una estrepitosa carcajada.
-¡Vámonos de aquí, Bessie Mae! -dijo. Y de un tirón la sacó al pasillo.
-¿Por qué me llamas Bessie Mae? -preguntó la Taylor cuando hubieron entrado en la limusina y se marchaban a toda velocidad.
-Todos te conocen como Elizabeth Taylor -dijo-, solamente yo puedo llamarte Bessie Mae.
Monty solía dar apodos absurdos a la gente por quien sentía especial afecto. Ned Smith era Smythe:
-Eres demasiado original para llamarte Smith -le había dicho.
Su hermano Brooks era “Bof”, Mira era “Mupa”, la versión rusa de su nombre.
Camino de la reunión que se celebraba en casa de William Wyler después del estreno, Monty siguió lanzando sus invectivas contra el film y su propia actuación. Más tarde, la Taylor le dijo a su madre que nunca había conocido a nadie tan complicado y nervioso como Montgomery Clift. Monty hablaba con terrible rapidez, saltaba de uno a otro tema y fumaba continuamente.
Cuando llegaron a casa de Wyler, la mansión estaba radiante de velas y flores naturales. Era una de aquellas reuniones de Hollywood pasadas de moda. La música se filtraba por todas las habitaciones y entre los invitados se encontraban David Niven, Gary Cooper y David O. Selznick.
Una vez más, Monty se vio rodeado de admiradores, agentes, productores y directores que hormigueaban en torno suyo felicitándole por su actuación y deseándole suerte en Un lugar en el sol. Monty iba de una a otra habitación con la Taylor del brazo. Diana Lynn, una de las invitadas, recuerda:
-La combinación de su belleza era arrolladora. Elizabeth era hipnóticamente hermosa, casi resultaba embarazosa su presencia. Era una muñequita perfectamente voluptuosa con grandes ojos de color violeta, orlados por espléndidas pestañas. Pero tras su aspecto había una fuerza enigmática y un magnetismo que le conferían belleza -y también a él- y una sofocante profundidad. Se podía imaginar como si fuera diosa, madre, seductora y esposa, y a él como un príncipe, santo y loco.
Aquella noche Monty parecía realmente inescrutable con su esmoquin alquilado, excepto cuando profería libremente sus salvajes carcajadas.
-Lo que recuerdo, aparte de sus risotadas -dice Robert Ryan, que también asistió a aquella fiesta-, eran sus cejas. Parecían dominar su rostro y hubieran resultado demasiado fieras a no ser por la calidad hipnótica de sus grandes ojos oscuros.
Aunque La heredera fue un fracaso de taquilla, gozó del éxito de la crítica y la De Havilland obtuvo su segundo premio de la Academia por su actuación. Bosley Crowther calificó a Monty de “vital y encantador”, pero “una pizca demasiado voluble y moderno en sus inflexiones verbales y actitudes”. Otros críticos consideraron “que se hacía difícil entenderlo”, “que estrangulaba su voz”. Pero Howard Barnes, en el Herald Tribune, calificó a Monty y a la De Havilland de “sobervios“. “Clift interpreta el papel de cazador de dotes con inmensa convicción“.
Escrito por Lunes 10 septiembre 2012








Deja un comentario
Por favor, céntrate en el tema. No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes. TCM se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere fuera de tema o con tono inadecuado.