Robin Wright, reguapa por fuera y por dentro
Sean Penn podrá ser acusado de tener malos humos, pero a la hora de elegir compañeras sentimentales es un crack.
Porque aunque no soy fan de Madonna (con quien se casó) y tampoco admiro a la Johannson (su última conquista, por quien suspira media humanidad), el haberse mantenido muchos años al lado de esta guapísima señora es mejor que haber ganado dos Oscars.
Delicada y algo pecosa, angulosa y supersensible, Robin Wright rompe el cliché de belleza tejana para enlazar directamente con cierto estilo de actriz europea.
Y aunque se encumbró con el cuento La princesa prometida, pronto se decantó por papeles más complejos y sofisticados, como el de la hermana del ganster irlandés que interpreta Gary Oldman en la magnífica y vibrante State of Grace.
“Los papeles buenos aparecen sólo una vez o dos al año; si no puedo tener uno de ellos, prefiero no trabajar”, ha declarado, “Porque si haces una película que realmente no te apetece y te vendes, envejeces, te quemas y te desgastas”.
Robin nació en el 66 en Dallas y creció junto a su hermano y su madre, que era vendedora de cosméticos a domicilio.
Cuando la rubita niña cumplió cuatro años, la familia de tres se subió al coche y la madre condujo hasta que se topó con el océano, en San Diego (California), donde ya una adolescente de 14 bellos años empezó a currar de modelo, viajando a París y Japón.
Y aquellos anuncios que no paraba de rodar le pavimentaron el camino a las audiciones.
Por eso pronto la vimos en el culebrón Santa Barbara, trabajo por el que fue nominada un par de veces a los Emmy.
En 1987 fue una de las cientos de ilusionadas jóvencitas que se presentaron al casting del mágico y gracioso cuento de Rob Reiner La princesa prometida.
El director, que tenía buen olfato para el talento, la seleccionó a la primera. “Ella es increíblemente guapa. Dos palabras saieron de su boca y supe que era la chica que buscaba”, afirmó el cineasta.
El film, con esa mezcla perfecta de parodia de los cuentos de hadas, romanticismo y aventura, fue un bombazo.
Y nuestra querida Robin aparecia maravillosa como la recatada chica del título, esperando el rescate de un principe encantador (Cary Elwes) antes de su boda no deseada con el ruín conde Rugen (un Christopher Guest en plena forma).
El éxito de La princesa le brindó a Robin ganarse el papel mencionado anteriormente en State of Grace, retrato de una violenta banda de irlandeses en las calles del Hell´s Kitchen neoyorquino, con Robin interpretando al amor de la infancia de Sean Penn, un chico del barrio que vuelve al mismo tras años de ausencia.
Un personaje sin pelos en la lengua y sin pizca de miedo en un universo dominado por hombres agresivos.
Aunque se conocían anteriormente, en ese rodaje cuajó la relación entre Robin y Sean.
Tuvieron dos hijos que retiraron temporalmente a la actriz de los platós, pero volvió con el drama The playboys, un drama ubicado en la Irlanda de 1957, donde encarna a una madre soltera que se niega a desvelar el nombre del padre de su bebé.
Es éste sólo uno de sus soberbios trabajos, donde combina el carácter, la dignidad y su evidente elegancia.
La lista es extensa: Toys, Forrest Gump, The Crossing Guard (donde la dirigió Penn, de quien ya se ha separado) y así hasta el presente.
Afortunadamente, le siguen ofreciendo papeles interesantes y no deja de actuar.
Escrito por Viernes 31 agosto 2012






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