Charles Laughton: tremendo actor, sorprendente director

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A este enorme actor británico le sucedió como a Van Gogh: que no fue aplaudido y puesto en el sitio que merecía hasta después de su muerte.
Me refiero a su faceta como director, porque como intérprete ya era una eminencia en su país antes de emigrar, con su mujer, la cómica Elsa Lanchester (la inolvidable Novia de Frankestein, de James Whale) a Hollywood.

 

Pero, como sabéis, La noche del cazador (que podréis disfrutar en este canal los días 25 y 26 de agosto), única incursión del intérprete en el campo de la dirección, fue incomprendida en su estreno, un injusto fracaso que el tiempo colocó en su sitio y hoy es considerada una obra cumbre del cine mundial.
Pues muchos directores no logran con toda su filmografía el lirismo, la sensibilidad y la belleza de esta perturbadora cinta protagonizada por Robert Mitchum, Lilian Gish y Shelley Winters.

Delante de los focos, el rostro mofletudo de Laughton -del que él mismo se reía al definirlo como “idéntico al trasero de un elefante”- ha aparecido también en obras maestras de otros cineastas.
Por ejemplo, en:

 

 

El signo de la cruz, de Cecil B. DeMille: drama religioso adornado generosamente por el rey del cine mudo donde Ch.L. da vida a un afeminado Nerón, acompañado por Fredric March y Claudette Colbert como Popea.
Un abrasador baile lésbico y la presencia de un jovencito esclavo ligero de ropa movilizaron a las tropas religiosas más ortodoxas -escandalizadas y censoras- allá por 1932.

 

 

La vida privada de Enrique VIII, de Alexander Korda. Rodada en Gran Bretaña, Laughton ganó su único Oscar por ponerse la corona del rey polígamo del siglo XVI en un dramón de ésos de cuidada ambientación.
Y es que el actor insufla a su personaje una profundidad que nunca antes se había visto en el cine histórico, con destellos de inmadurez, egomania, dulzura, humor y rabia.
Le acompaña en el cartel su señora en la vida real, Elsa Lanchaster, que da vida a Anne of Cleves, la cuarta esposa del monarca.

 

 

La tragedia de la Bounty, de Frank Lloyd: primera versión (de 1935) del famoso acto de rebeldía naviera del siglo XVIII, que ganó el Oscar a la mejor película y supera con creces a sus imitadoras.
Charles Laughton -que consiguió nominación a premio- encarna al tiránico capitán Bligh y Clark Gable, al cabecilla de los amotinados, Fletcher Christian.

 

 

Esmeralda, la zíngara, de William Dieterle, adaptación del clásico de Victor Hugo donde el actor lo dio todo metiéndose -bajo muchos gramos de látex y maquillaje-en el rol del pobre Quasimodo, el deformado campanero secretamente enamorado de la gitana del título (una bellísima Maureen O´Hara).

 

 

Esta tierra es mía, soberbio film bélico de Jean Renoir.
De nuevo la O´Hara es objeto de deseo del actor, ahora en el rol de un tímido maesto rural que se convierte en héroe a su pesar cuando los nazis invaden su pequeño pueblo francés.

 

 

El fantasma de Canterville, de Jules Dassin. Comedia basada en el relato de Oscar Wilde con un glorioso Laughton encarnando a un fantasma de 300 años de antiguedad.
Le acompañan en la juerga Robert Young y Margaret O´Brien.

 

 

El proceso Paradine, segundo trabajo del actor con otro peso pesado, Alfred Hitchcock (el primero fue La posada de Jamaica, último film británico del director de Los pájaros).
Aquí es un lascivo juez que debe juzgar a una enigmática mujer (Alida Valli), acusada de asesinato, de la que se enamora un abogado (Gregory Peck) que pone así en riesgo su vida profesional y personal.

 

 

Testigo de cargo, de Billy Wilder: basada en la pieza teatral de Agatha Christie, es una de esas películas donde todo el reparto se sale, desde Laughton encarnando a un abogado que defiende al acusado del crimen Tyrone Power hasta Marlene Dietrich como esposa de éste -que quizás sabe más de lo que cuenta- y Elsa Lanchester, divertida enfermera del abogado, con el que mantiene diálogos descacharrantes.

 

 

Espartaco, de Stanley Kubrick (que podéis ver hoy y mañana en TCM): aquí nuestro hombre es Graco, un astuto senador romano.
Otras estrellas del épico film son Kirk Douglas, como el rebelde esclavo del título, Lawrence Olivier y Tony Curtis, que protagonizan el famoso baño filogay, hablando de gustos en materia de mariscos.

 

 

Una carrera, pues, repleta de momentos sublimes, tanto delante como detrás de la cámara.
Ya se lo dijo George Bernard Shaw, que le vio representando Pigmalion en el West End londinense: “Jovencito, nada te parará para que llegues a la cumbre”.
Y así fue, ni siquiera la muerte -que le visitó en 1962- logró que siguiera triunfando.

 


Escrito por Jueves 16 agosto 2012

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