Ted, peluche de lengua larga

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PUNTUACIÓN: 4

 

Seth MacFarlane, a estas alturas ya debéis saberlo, es el creador de Padre de familia, ejemplo tardío de animación adulta que se ha subido al carro del humor posmoderno y políticamente correcto inventado por Los Simpson y South Park. Para su debut como cineasta, parte de una premisa muy atractiva que pierde fuelle en cuanto se transforma definitivamente en una ‘bromantic comedy’ que podría haber firmado Judd Apatow. Eso sí, aquí la pareja socarrona y gamberra es un osito de peluche que disfruta colocándose de marihuana y ligando con la camarera más hortera del lugar.

 

Ted empieza como una parodia de las producciones Amblin, casi como una versión suburbial de Pinocho. Un niño tímido y sin colegas pide un deseo: que su nuevo osito de peluche sea su mejor amigo, que le hable como un amigo. Se cumple el deseo, y Ted, el osito, se convierte en una celebridad efímera. Los años no perdonan a los diferentes, y el tiempo transforma a la celebridad en un desclasado, un deslenguado parásito que representa la permanente inmadurez de su amigo de toda la vida.

 

Obviamente, hay una chica que se interpone en esta amistad masculina, intentando romper los lazos de fidelidad entre dos chicarrones que comparten bromas pesadas, chistes sucios y una complicidad eterna. Ted es un ‘hasbeen’, la encarnación mecánica (con corazón, claro) de toda una cultura pop que parece paralizar al protagonista, un hombre del montón que se conforma con ser encargado de un concesionario de coches siempre y cuando pueda compartir unas risas con un colega.

 

Ted es, por lo tanto, una réplica peluda del alien de Paul. Y uno de sus mejores momentos, el de la fiesta catártica en la que aparece por sorpresa Sam J. Jones, el prota de Flash Gordon, película de referencia de nuestro héroe (Mark Wahlberg), es precisamente un homenaje al significado emocional de ese culto a los placeres culpables de juventud que nos condenan, de un modo u otro, a una inmadurez perpetua. Es una secuencia hilarante y conmovedora, tanto como la de la pelea brutal entre los dos amigos en una cochambrosa habitación de hotel.

 

Sin embargo, tienes la sensación de que Ted no exprime su premisa hasta las últimas consecuencias. Hay una subtrama absurda, un secuestro metido con calzador que sólo sirve para alargar el metraje de un film que ganaría con un poco de concreción. Y hay una inseguridad de debutante, o unas ganas de gustar que traicionan el espíritu revulsivo que animan sus innegables hallazgos, como si a MacFarlane le importara más el envoltorio (convencional, tópico) que la bomba fétida que esconde.

 

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Escrito por Miércoles 15 agosto 2012

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