Pollo con ciruelas, el artista del hambre
Marjane Satrapi no puede resistirse a hablar del tema que más le interesa, del que más sabe: de sí misma. Aunque de una forma más oblicua que Persépolis, Pollo con ciruelas también es una historia sobre el exilio, sobre el amor-odio que siente por su país, sobre una cultura patriarcal que coarta las decisiones y el destino de los hombres y mujeres que tienen que someterse a ella, sobre lo que significa el arte, sobre todo lo que harías para ser fiel a tus principios y al objeto de tu amor único y verdadero.
Si la libertad expresiva y el sentido del humor hacían de Persépolis una singular película de animación adulta -menos singular si habías leído la novela gráfica, de la que era una copia casi exacta-, no ocurre con lo mismo con este Pollo con ciruelas, también adaptación de una novela gráfica que Satrapi publicó en 2006. Aunque sensible y creativa, se le notan más las costuras: hay algo en ella -filtros, colores, soluciones narrativas más ingeniosas que coherentes- que parecen haberse escapado del universo de Delicatessen y del de Amélie.
Nasser Ali es un violinista con un violín roto. El accidente que le deja sin instrumento le obliga a decidirse: en ocho días morirá, se dejará morir. Y entonces comprenderemos su egoismo y su frustración a través de una serie de viñetas, que yendo atrás y adelante en el tiempo, nos contarán sus experiencias, la relación con su familia, la amargura de su mujer y ese amor con Irane (¡qué nombre emblemático!) que le dejó sin palabras, sin energías, triste y melancólico para toda la vida.
Satrapi y su colaborador habitual, Vincent Paronnaud, se inspiran en historias de familia de la artista iraní afincada en Francia para construir un collage que funciona a ráfagas, a fragmentos, como si el torrente de ideas visuales de la pareja de directores no supiera integrarse en el flujo de la memoria de su antihéroe. Hay momentos muy bellos, hay momentos muy cursis, hay momentos que parecen haberse escapado de Amarcord: porque felliniana lo es, y mucho.
El que esto firma prefiere, de lejos, Persépolis. Me parece una película más redonda, más consistente, más sólida y unitaria. Creo que a Satrapi se le han subido los humos -o es que ya los tenía subidos: este crítico la entrevistó en Venecia y parecía hablar como si estuviera por encima del bien y del mal- y ha facturado una película que está un poquito por encima de sus posibilidades. Para ser Fellini -o para ser Terry Gilliam- le falta comer muchas sopas.
Escrito por Lunes 13 agosto 2012

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