Esperando a la divina -y esquiva- Greta Garbo
En otro libro estupendo que estoy redescubriendo este verano, El padre de Frankenstein (Gods and Monsters), de Christopher Bram -ya sabéis que fue llevado al cine en 1998 por Bill Condon, con Ian McKellen, Brendan Fraser y Lynn Redgrave al frente del reparto- se hace una recreación bastante divertida y ácida del estreno de Margarita Gautier (film que podéis ver los días 23 y 25 de este mes en TCM).
Aquí os la reproduzco casi íntegra, para que la disfrutéis:
“Cuatro haces de luz azul polvorienta iluminan el cielo en Hollywood Boulevard, se cruzan y giran, en rápida sucesión de ebrias escaleras a la bóveda celeste. La fuente lumínica es visible un poco más adelante: calderos eléctricos de luz de arco y un mar de gente en la entrada del Grauman´s Chinese.
-Oh, no -dice David Lewis-. Hay miles de personas.
-Han venido a ver a los inmortales -dice Whale.
-Creo que tengo tiempo de fumarme un pitillo -dice la señora Crews, revolviendo en su bolso-. Me parece que vamos a tener que esperar un poco.
La limusina en que viajan se suma a la cola de automóviles gigantescos que avanzan hacia el cine, Cadillacs y Bentleys engalanados, con las luces que se reflejan en sus bruñidas carrocerías. A través de las ventanas cerradas se puede oír el murmullo de los espectadores, el zumbido de los generadores portátiles, el graznido del presentador de radio que anuncia a cada estrella que llega.
Estamos en enero de 1937, una noche de estreno en Hollywood. La luz de un reflector destaca la ornamentación del alero de la pagoda antes de hacer una pasada por la marquesina. Esta noche: Margarita Gautier.
Es la noche de David, no la de Whale. Los estudios Universal rara vez gastan dinero en estrenos de gala, pero esta película es de la Metro-Goldwyn-Mayer. En su calidad de productor asociado, David heredó y terminó la película cuando Irving Thalberg falleció de improviso durante el rodaje. El director, George Cukor, dejó la MGM para trabajar con David O. Selznick y se encuentra en Atlanta, filmando las pruebas para una extravaganza sobre la guerra de secesión. Esta noche David viene en representación de los productores, y de escolta de la señorita Crews, antigua estrella de Broadway, ya de cierta edad, que ha encontrado una segunda carrera gracias a unos cuantos papeles de tía solterona y rellenita. Será la tía Pittypat de la nueva película de Selznick. Por su trabajo en Margarita Gautier y en The Road Back, la película que Whale está negociando con su estudio, la señorita Crews conoce a la pareja sin ser íntima de ninguno de los dos. Y, por haberse pasado la vida en el teatro, acepta su relación como algo de todos los días.
El coche avanza. El inmóvil tropel de curiosos parece deslizarse al paso del automóvil, un borroso friso de hombres y mujeres que, apretados contra las barricadas, miran boquiabiertos las ventanillas de cada coche que pasa. Whale les devuelve la mirada divertido. Va sentado muy rígido, muy inglés, pero esta noche lo absurdo de la situación -factor al que hay que sumar los muchos cócteles que se tomó antes de salir- lo desconcierta.
-Míralos, míralos -dice-. ¿Qué esperarán ver los pobrecitos?
-No a nosotros, de eso puedes estar seguro. Nosotros somos los parientes pobres -bromea la señorita Crews-. ¿Los pies de la Gargo, quizás?
David va pensativo, flanqueado por Whale y la señorita Crews; es un hombre atractivo con carita de niño y abundante pelo negro, que hoy retuerce en las manos un par de guantes blancos.
-Va a venir, ¿verdad? ¿O llamará a última hora para decir que tiene jaqueca?
-Si dijo que vendría, vendrá -le asegura la señorita Crews-. Está un poco chiflada, pero no es una mentirosa.
Esta noche David es el responsable de la Garbo, que, aunque no quería venir, prometió hacerlo con la condición de que le permitieran venir sola, pues, según ella mismo dijo, no necesitaba que nadie la escoltase como “a un prisionero”.
(…) El Bentley que tienen delante arranca y se aleja. El coche en que viajan aminora la marcha al llegar junto a la alfrombra roja. Desde fuera alguien les abre la puerta; es una acomodadora de mejillas coloradotas vestida con pantalones y sombrerito que les ronríe con cara de pepona.
Whale baja primero, seguido de David. Tras alisarse los faldones del frac, ayudan a bajar a la señorita Crews.
-Llegó el momento de fingir que soy la tonta del pueblo -murmura.
-Y aquí llega la tía favorita de todos -anuncia la mujer del micrófono-. ¡La señorita Laura Hope Crews! ¡En el elenco de la maravillosa película que se estrena esta noche!
Los tres abanzan cogidos del brazo por la interminable alfombra roja, la señorita Crews va moviendo la cabeza de un lado para otro, regalando una sonrisa imbécil a la multitud que se apiña detrás de las cuerdas de terciopelo rojo. Whale luce la divertida media sonrisa de un dignatario extranjero de paso por Los Ángeles. Sólo a David le falta un papel detrás del cual esconderse.
-Acompañada esta noche por el señor David Lewis, uno de los productores de esta película, y… -La presentadora finge no tener el nombre de la lista de invitados-. Nada menos que el Rey del Terror en persona, ¡el señor James Whale! Venido especialmente de Universal Pictures para asistir al estreno de este sensacional largometraje. Es un alivio ver que no ha traído a Frankenstein.
Whale alza un poco la cabeza, ofendido al ver que no lo presentan como el director de Magnolia. Pero ya llegará ese día. Si la nueva película la lanzan tal cual la ha hecho, la gente se olvidará de las películas de terror y finalmente se lo reconocerá como un gran artista, un director de peículas serias.
(…) Whale vio Margarita Gautier hace un mes, con David, en un preestreno organizado en las polvorientas llanuras de Riverdale. Sin embargo, los dos tienen intención de quedarse, con la esperanza de que a David lo feliciten a la salida.
-Ya vengo -les dice David-. No puedo entrar hasta que no llegue, le prometí que la ayudaría a escapar.
-Te acompaño -dice Whale.
(…) Un ejecutivo calvo y de mejillas rosadas entra corriendo en el vestíbulo y mira a todas partes con cara de loco. Cuando localiza a David, improvisa una sonrisa y se acerca.
-¿Dónde está esa bruja?
-Ya debe estar a punto de llegar, Frank.
-Les prometimos a la Garbo, David. Si no aparece, se va a armar un buen lío.
-Vendrá, Frank, no te preocupes.
-Más te vale. -Frank dirige su fría sonrisa también a Whale, fugazmente-. Es tu culo, bonito, no el mío; recuerda que ya no tienes a Thalberg para que te proteja. Si nos jodes la noche, desearás no haber salido nunca del coro -dice Frank, y se marcha con la misma prisa con la que llegó.
-¡Es una noche de lujo, señoras y señores! -canta el hombre de la radio-. Lionel Barrymore y us encantadora hermana Ethel, la realeza del teatro americano.
-La familia feliz de la MGM -dice Whale, compadeciéndose de David.
David, que se ha puesto pálido, está que echa chispas.
-Uno de los sapos menores de L.B. Mayer -dice-. Con todo, duele que un pobre diablo como ése te llame marica en tu propio estreno. Duele y preocupa.
(…) En la calle, en el otro extremo del corredor repleto de rostros ávidos de estrellas, aparece un Duesenberg granate.
-Gracias a Dios -suspira David.
Se abre la portezuela. Una delgada figura asoma desde las profundidades. La multitud estalla presa del delirio.
Es ella. Sola. Parece que hay alguien más en el asiento trasero, pero la acomodadora cierra la puerta y el Duesenberg se aleja. Greta Garbo, totalmente inmóvil primero; luego, mirando fijo hacia adelante, enfila la alfombra roja con un andar brioso y sereno a la vez, un jeroglífico andante envuelto en un abrigo largo que lleva abierto. Junto a las cuerdas de terciopelo, surgen cientos de brazos y de cuadernos de autógrafos, cientos de manos deseperadas por tocarla. Ella mantiene la mirada ensimismada de una mujer sola, absorta en pensamientos tristes, de paseo por el campo.
Hasta Whale está impresionado. Un pavo de papel maché, tal vez, pero con mucho más donaire que los otros.
Ufana, Garbo se aleja de su visual en dirección al podio. La multitud enloquece; la Divina ha subido a la tarima, todos pueden verla.
-Y aquí la tenemos -proclama la presentadora-. La estrella más rutilante del firmamento MGM: ¡Greta Garbo!
Se hace un silencio; la actriz debe de estar inclinándose sobre el micrófono. Depués, con voz grave y melosa dice:
-Es una noche maravillosa. Gracias.
Gritos y aplausos a la vez. Gargo atraviesa las puertas y entra en el vestíbulo, seguida a distancia por un puñado de ejecutivos. Todos la miran al pasar, incluso el calvo que la llamó bruja, pero nadie se atreve a acercarse. Ella mira fríamente a derecha e izquierda mientras cruza el vestíbulo, imperturbable, como una nube.
David va derecho a ella. Whale lo sigue automáticamente, necesita verla de más cerca. La alcanzan en una esquina, junto a un biombo de seda que protege la puerta del lavabo de señoras.
-¿Señorita Garbo? Muchas gracias.
Garbo ve a David y se vuelve.
-Ah, señor Lewis. Bueno, ya ve que he venido. ¿Puedo irme a casa ahora?
-¿No quiere ver la película? Le hemos reservado un palco privado.
Garbo hace una mueca de asco, como si David le propusiera una visita a un matadero.
Hasta esta noche, Whale sólo la ha visto en cine, nunca en persona, y esperaba que al natural lo decepcionara, pero, incluso sin una cámara por medio, su rostro tiene la sencillez irreal de un retrato de Ingres. El único maquillaje es el rímel que realza sus larguísimas pestañas. Parece lista para irse a la cama, con esa especie de pijama bajo el abrigo que, bien mirado, resulta ser un elegante vestido de noche.
De repente, pestañas y ojos se dirigen hacia él.
-¿Usted es el señor Whale? ¿El amigo del señor Lewis? Me gusta mucho su trabajo. Me encantaría haber hecho de novia de su monstruo.
Whale: estupefacto, divertido, incrédulo, emocionado.
Una mirada melancólica aparece en los ojos de Garbo.
-¿Puedo esperar ser algún día la protagonista de La mujer invisible? -pregunta la actriz, riendo.
Whale ríe con ella.
-¿No sería interesante?
Parecen entenderse a la perfección.
-¿Me deja ir ahora? -le dice a David-. ¿Hay algún pasadizo secreto por el que pueda salir? Mi coche está aparcado al otro lado.
-Si, por aquí hay una salida de emergencia. Sígame, señorita Garbo. Nos vemos en la sala, Jimmy.
-Buenas noches, señorita Garbo -dice Whale, orgulloso.
Qué hipócrita eres, Jimmy, se dice a sí mismo mientras los ve desaparecer por un pasillo oscuro. Puedes ser tan baboso como cualqueir sercretaria que fantasea con Vanity Fair. Y sin embargo, durante un momento, ver que la diva conoce sus peliculas de terror y que bromea con la posiblidad de trabajar con él le hizo sentirse orgulloso de sus monstruos. Todo es una hermosa broma, y Greta Garbo sabe apreciarla con él.
Whale vuelve junto a la señorita Crews, ya instalada en su butaca.
-Garbo ha venido y se ha ido.
-Te lo dije.
-Hemos intercambiado unas palabras. Ha sido muy amable.
-Está como una chota.
-¿Y quién no lo está? (…)”
Escrito por Domingo 12 agosto 2012










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