Prometheus, el mensaje de los dioses

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PUNTUACIÓN: 7

 

Prometeo le robó el fuego sagrado a los dioses para dárselo a la humanidad. A Zeus no le sentó precisamente bien, y lo encadenó a un cerro para que un águila le devorase el hígado día tras día. Ridley Scott ha organizado la película para que nos quede claro que ese mito es una metáfora de la mezquindad de la humanidad, que nunca sabe aprovechar sus oportunidades a tiempo, que siempre está guiada por el egoismo y la avaricia. ¿Una fábula metafísica sobre los orígenes del mundo de repente convertida en un cuento moral sobre el apocalipsis?

 

Ridley Scott se ha adjudicado el papel de Dios creador en esta precuela. Ha querido dejar claro que vuelve a apropiarse de su hijo pródigo, que ha pasado por manos tan ilustres como las de Cameron, Fincher y Jeunet, y que tuvo la desgracia de mezclar sus genes con los de Predator. En Prometheus se ha propuesto dar el do de pecho, y vaya que lo ha conseguido: su acabado visual deja sin aliento.

 

Como la cosa va de creadores y creados, o de lo mucho que les cuesta a los creados obedecer las normas de sus padres, es fácil acordarse del 2001 de Kubrick (o de Blade Runner, sin ir más lejos). El perfeccionismo monumental del director de Espartaco es el modelo al que acude Scott para diseñar máquinas y paisajes, y para centrarse en el personaje que más le interesa, ese David al que Michael Fassbender encarna con un ensimismamiento perturbador y que podría ser el hermano gemelo de Hal 9000.

 

Visualmente, Prometheus es un regalo para los sentidos. No es fácil encontrarse con una película que trabaje las tres dimensiones con tanta discreción y delicadeza. Cumplen su función sin ponerse en primer plano,doblegándose a las necesidades dramáticas de la historia. Los que busquen aliens van a llevarse una decepción: los hay, por supuesto, pero son actores secundarios en un espectáculo que se rinde a sus pies. Eso sí, atención a una escena ‘gore’ que nos hará olvidar la explosión de estómago de John Hurt en Alien, el octavo pasajero. La protagoniza una poderosa Noomi Rapace y su contundencia impone una palpable incomodidad en la sala.

 

Más trivial es toda su verborrea sobre el origen del mundo y etcétera. La escena inicial parece evocar El árbol de la vida de Malick, y en verdad sus desvíos metafísicos son puro delirio ‘camp’. Son graciosos si no te los tomas en serio, pero ocupan demasiado metraje. Parecen escritos por Erich Von Daniken y no por Stanislaw Lem, y eso es lo que le da un toque vagamente ‘pulp’ a una película que, de lo contrario, sería en exceso pretenciosa.

 

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Escrito por Martes 7 agosto 2012

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