Nuestra noche con Marilyn

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Lápida

 

Marilyn Monroe, rubia, 94-58-92″. Ese es el epitafio que la actriz más famosa de la historia, siempre provocadora, declaró que le gustaría ver grabado en su tumba. Sin embargo, como todos los grandes intérpretes, Marilyn mentía. Seguramente como cuando dijo que sólo dormía con unas gotas de Channel nº 5, o que no llevaba ropa interior. Lo que realmente le hubiera gustado ver escrito en el cementerio de Westwood en el que reposa, en esa lápida en la que turistas y mitómanos estampan sus labios pintados de carmín, se acercaría más a esto: “Aquí yace una gran intérprete”. O tal vez a esto, algo más íntimo: “Aquí descansa una mujer que fue sinceramente amada”. Y es que la triste existencia de Marilyn es, sobre todo, la historia de una extenuante lucha contra ella misma, la breve pero intensa odisea de una actriz inteligente, lectora asidua de Joyce y Tolstoi, amante de Beethoven, que ansiaba fervientemente ser tomada en serio pero que no podía dejar de cultivar su exitosa imagen de mujer sensual e ingenua.  La rubia tonta, que ni era tonta ni era rubia, se convirtió en un mito, pero Norma Jean terminó por volverse loca en esa eterna búsqueda de sí misma y terminó muriendo, tal y como escribió en su diario, “completamente sola”.

 

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Una Marilyn Monroe aún inexperta en ‘La jungla de asfalto’

 

Para conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Marilyn (todo un clásico de las teorías de la conspiración) TCM propone la noche del domingo 5 de agosto un programa doble en el que emitimos dos películas que se corresponden con dos momentos muy diferentes de su trayectoria.

Por un lado podremos verla en La jungla de asfalto (1950), uno de sus primeros (y breves) trabajos pero a la postre uno de los más determinantes para su carrera.  Mankiewicz, cautivado por su aparición en el filme de Huston, decidió darle ese mismo año un papel en Eva al desnudo. Marilyn consiguió así un contrato de larga duración con la 20th Century Fox y su carrera (que en sus inicios había avanzado gracias a más de un turbio favor sexual) empezó a progresar a la velocidad del rayo.

 

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Olivier y Monroe: una relación profesional que hizo saltar chispas.

 

Un par de horas antes, a las 22:00, veremos a la actriz en El príncipe y la corista (1957). Apenas siete años separan ambos filmes, pero esta Marilyn, más veterana y adicta ya a las pastillas, no tiene nada que ver con la intérprete novata de La jungla de asfalto. Muchas cosas han pasado en este tiempo (entre ellas Niagara, Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba), y el huracán Monroe, que había empezado con una suave corriente de aire en la rejilla de ventilación del metro, se había desatado ya con toda su virulencia.

Ávida de reconocimiento, y espoleada por las críticas positivas recibidas por Bus stop, la intérprete fundó Marilyn Monroe Productions y viajó a Londres para ponerse a las órdenes del reputado Sir Laurence Olivier, también protagonista del filme. La estancia en Inglaterra y su relación con Olivier (relatadas en la película Mi semana con Marilyn) fueron especialmente turbulentas. Ella, que acababa de inscribirse en el Actor’s Studio de Nueva York, solía preguntar a Olivier por las motivaciones de su personaje, sus sentimientos… Cosas del método. Él, un icono del teatro británico que tal vez minusvaloraba a la popular diva americana, le daba donde más le dolía. “Sólo… trata de ser sexy”, le decía.

Una vez más, Marilyn chocaba contra la misma pared. La más dura e infranqueable. Ella misma.


Escrito por Jueves 2 agosto 2012

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