Adiós a la amiga Lupe Ontiveros, una actriz de corazón
El escritor y cineasta Alberto Ferreras -que ya nos narró en un estupendo post anterior el aterrizaje de Sara Montiel en NYC- dedica un cariñoso obituario a una actriz a la que conoció profundamente:
Para los que no la conocieron, Lupe Ontiveros ostentaba el dudoso honor de haber encarnado a más de 150 criadas en el cine y la televisión.
Para los que seguimos su carrera de cerca, fue una magnífica actriz terriblemente desaprovechada por la industria del cine a quien, por culpa de la obsesión de Hollywood por la juventud y la belleza —de un solo tipo de belleza— le ofrecieron un tipo de roles muy limitado.
Lupe nació en El Paso, Texas; era de origen mexicano, pero sus raíces eran tan profundas en esa tierra que —si no me equivoco— sus parientes nunca cruzaron la frontera: la frontera los cruzó a ellos.
Estudió y ejerció como trabajadora social, hasta que le picó el gusanito de la actuación, pero para una actriz de su raza y de su aspecto, las opciones eran pocas en Hollywood: prostituta o criada. Esos papeles le permitieron sobrevivir como actriz, pero no satisfacían su espíritu.
Aun así, Lupe era tan poderosa que todo lo que hacía, por pequeño que fuera, estaba imbuido de una energía muy particular.
Aunque solo dijera una línea, esa parlamento reverberaba con autenticidad.
Gracias a los cineastas independientes de mediados de los 90, Lupe logró trascender en películas como El Norte de Gregory Nava, y logró la inmortalidad haciendo el papel de Yolanda Saldivar, la asesina de Selena.
Usualmente me encontraba con Lupe en cenas benéficas, eventos donde Lupe prestaba su modesta celebridad para recabar fondos para la lucha contra el SIDA, o a favor de la educación de las minorías, dos causas que apoyaba de corazón. Casi siempre se nos acercaba algún camarero y le preguntaba:
“¿Eres la que mató a Selena?”
“¡Si! ¡Fui yo!” bromeaba ella, y poco a poco se iban asomando todos los cocineros y sus asistentes —la mayoría mexicanos— para admirarla y soplarle un beso desde la puerta de la cocina.
Lupe tenía indudablemente sus fans, y yo era uno de ellos.
Lupe media 4 pies y once pulgadas de altura (1,5 m.).
No tenía el aspecto de una modelo, pero le sobraba ese tipo de gracia y belleza de una Julietta Massina, esa seguridad de una Thelma Ritter.
Todo lo que Lupe hacía lo imbuía de un vigor muy particular, con una visceralidad que sólo irradian las actrices de corazón.
Muchos quedaron prendados de ella al verla como la niñera de Los Goonies, una película de culto que sobrevive a generaciones de espectadores, y otros —como yo— se enamoraron de ella en Chuck & Buck, otro film independiente donde le dieron un espléndido papel como la taquillera de un teatro infantil que se convierte en directora escénica.
Mas adelante encarnó a la inflexible madre de Las mujeres de verdad tienen curvas —un rol que ella misma generó desde el teatro— y mas recientemente como la suegra de Eva Longoria en la teleserie Mujeres desesperadas.
En varias oportunidades escribí pensando en Lupe, tratando de plasmar en mis personajes esa energía tan particular: esa madre pícara pero abnegada, que te zurraba si te portabas mal, pero se tomaba un tequila contigo para celebrar tus éxitos.
Lupe, para mí, representaba a la mujer común, esa heroína de todos los días, un arquetipo que no plasmamos lo suficiente en el cine y la TV.
Yo tuve la oportunidad de dirigirla en varios anuncios publicitarios, pero sobre todo en un testimonio para la serie Habla que dirigí para HBO.
Su historia fue tan conmovedora, que la parte más difícil fue decidir qué cortar, porque todo era tan bueno, que me apetecía hacer un especial sólo sobre Lupe.
Al final de la entrevista me despidió con estas palabras: “Todavía no he terminado. Voy a lograr cosas que
nadie se ha imaginado. Que ni yo misma he imaginado.”
Yo estoy seguro de que lo logró.
Lupe nos abandonó el Jueves 26 de Julio, víctima de un cáncer.
Como las grandes estrellas de la pantalla, nos dejó con ganas de más.
Escrito por Lunes 30 julio 2012






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