Elena, la cárcel de cristal

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PUNTUACIÓN: 9

 

Hay que ser grande para definir una relación tan compleja en pocos minutos y sin diálogos. Largo plano fijo del exterior de un apartamento. Las ramas de un árbol, dos pájaros graznando. Pasamos al interior del piso. Ha amanecido. Suena un despertador. Una mujer de unos cincuenta años se levanta. Prepara el desayuno. Despierta a un hombre que duerme en otra cama, en otra habitación. Se sientan a desayunar. Una breve conversación nos revela que ella tiene un hijo al que visitará esta mañana, y que necesita dinero. Él tiene una hija, con la que, parece, tiene una relación conflictiva.

 

Diez minutos de proyección y sabemos todo lo que tenemos que saber. Una relación matrimonial que es una relación amo-doncella. Un conflicto entre padres e hijos. Y el dinero, que lo corrompe todo. En la primera parte de Elena, Andrei Zvyagintsev trabaja la identificación con su heroina con recursos tan simples y tan efectivos como seguirla en el ritual de transbordos y conexiones de tren y autobús para llegar al piso donde su hijo en paro vive con su mujer y sus dos vástagos. Es el largo recorrido que separa el mundo de los oligarcas del mundo de los pobres. Aunque los pobres sean tan corruptos como los oligarcas.

 

Zvyagintsev ha filmado una película impecable, que funciona como un mecanismo de relojería. Tanta es su precisión que quizás parezca algo fría. Pero es que tiene que serlo: abre en canal la lucha de clases, y lo hace poniendo sobre la mesa de autopsias el cadáver del comunismo, y las consecuencias del nepotismo de los nuevos ricos, y la rabia callada y equivocada de los proletarios. El cineasta ruso cita Match Point como referencia pero a mi me pareció que Elena tiene muchos puntos en común con el mejor cine de Chabrol, sobre todo La ceremonia.

 

Es muy difícil darle la vuelta a la empatía que el relato ha creado con un personaje, y que eso funcione, que no parezca un capricho de guión. No voy a decir lo que ocurre a mitad del filme, pero transforma la visión que el público tiene de esta madre coraje, que sigue estando sometida al yugo del poder -o de los que supieron acumular dinero sucio- incluso viviendo en un apartamento moderno y espacioso. El sometimiento cambia de forma, pero es igualmente perturbador. No por azar ese apartamento tiene el aspecto de una cárcel de cristal.

 

Nadezhda Markina hace un trabajo espectacular. Sólo por cómo se levanta de la cama sabemos que es una mujer extraña en su propio espacio, y también sabemos que es una columna a punto de derrumbarse, demasiado peso sobre sus espaldas para salir indemne. Los signos del apocalipsis revolotean a su alrededor, pero ella está dispuesta a seguir con su plan: dar de comer a los cuervos que algún día acabarán devorándola.


Escrito por Miércoles 25 julio 2012

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