El irlandés, ¿el sargento corrupto?
Unos cuantos hooligans metidos en un coche surcan a velocidad imprudente la campiña irlandesa. Se les supone borrachos y colocados. El coche pasa por delante de un coche de policía, y el sargento en cuestión, de guardia, no les hace ni caso. Fuera de campo, chocan. Parecen todos muertos, aunque el policía no corre a socorrerlos. Sólo les registra los bolsillos y cuando encuentra una lámina de LSD no tarda ni un segundo en ponérsela en la boca. Buena presentación de personaje, ¿eh?
El irlandés ES ese personaje. Es el gran hallazgo de la ópera prima de John Michael McDonaugh. Es el típico detective socarrón, como pasado de vueltas, y que está por encima del bien y del mal, que gusta tanto a los Coen. Cuando su némesis, un agente de color del FBI que ha aterrizado en las agrestes costas irlandesas para resolver un caso de narcotráfico, le espeta “No sé si es usted un genio o un idiota”, su indiferencia parece evocar la terquedad de Marge en Fargo. De la más absoluta estupidez puede surgir la más necesaria verdad.
Hemos hablado de narcotráfico, porque El irlandés, además de una comedia negra, es un thriller criminal. Sin embargo, uno tiene la sensación de que todo lo relacionado con esa trama es una excusa, es circunstancial, está ahí para hacer avanzar la auténtica historia que le interesa a MacDonaugh, que no es otro que el retrato de un hombre solitario y de vuelta de todo, un héroe de nuestros días, con sus afectos y sus euforias, al que Brendan Gleeson brinda una energía relajada pero peligrosa, en una interpretación muy inspirada.
Brendan Gleeson ES Irlanda. La película analiza los tópicos asociados al carácter irlandés –xenofobia, nacionalismo, hospitalidad, cinismo- para explicarnos su tozuda insularidad, el placer de una identidad nacional construida sobre el orgullo de ser distintos al resto de Europa, y sobre todo, de Gran Bretaña. De ahí que la película se proteja de sus influencias. Las tiene (Tarantino en un tono menor) pero quiere pasarlas por el tamiz celta, personalizarlas, customizarlas.
Tiene, eso sí, un defecto muy frecuente en ciertas óperas primas: la necesidad del director de pasarse de listo, de demostrarnos que, aunque haga cine de género, ha leído y ha digerido las lecturas. Así las cosas, me parece fuera de lugar que tres gangsters mantengan una discusión sobre Schopenhauer, Bertrand Russell y Niestzche. Lo es incluso en una película de vocación posmoderna. Es lo que pasa cuando nos miran por encima del hombro con expresión autosatisfecha.
Escrito por Lunes 23 julio 2012

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