Peter Lorre, los ojos de la patética desesperación
Pocos actores pueden afirmar que un genio ha escrito un personaje para ellos.
Y que además el maestro en cuestión se llame Fritz Lang, nada más y nada menos.
Porque el cineasta escribió el guión de M, el vampiro de Düsseldorf cuando conoció a este actor húngaro mientras actuaba en Berlín.
Su impactante encarnación de un abusador y asesino de niños dejó k.o. a las audiencias de los años treinta.
El film, de una belleza espeluznante, posee un climax de una tensión extrema cuando el pederasta es capturado por los delincuentes, mendigos y parias de la ciudad, le hacen un juicio público y allí el desgraciado se declara culpable mientras reconoce el tormento que le corroe porque no puede controlar su abominable depravación.
Esos ojos histéricos de Lorre expresaron como nadie la demencia incontrolable y enfermiza, el más horroroso de los crímenes y la más desdichada de las condenas.
Peter Lorre conseguía de este modo tan original no sólo convertirse en una estrella con su primera película, sino incluso que sintiéramos lástima de aquel monstruo que con tanto patetismo y convicción encarnó en el film de 1931.
Un tipo de papel -y de físico- que le encasilló en roles semejantes no sólo en Europa, sino también cuando -huyendo del nazismo- cruzó el Atlántico.
De este modo, su sueño de encarnar a galanes románticos mutó, por el contrario, en una filmografía bien surtida de villanos, canallas, sádicos y demonios con profundos e irresolubles problemas psicológicos.
El hecho de ser bajito, con la cabeza ahuevada y con unos ojos tan saltones que parecían pelotas de ping-pong, además de poseer un acento raruno, fuerte y nasal también contribuyó a ser encasillado en el bando de los freaks.
Pero no se conformó el bueno de Peter con un sólo tipo físico y, con precisión, engordó y adelgazó a lo largo de su carrera. Tampoco su pelo se quedó quieto: desapareció totalmente para encarnar al Dr. Gogol en la tremenda Las manos de Orlac, lució flequillo negro para convertirse en el terrorista hichkoniano de El hombre que sabía demasiado y apareció rubio, homenajeando a Truman Capote -co-guionista de este film de John Huston-, en La burla del diablo.
Pues sus criminales eran inteligentes y cultos, pero con el puntito grimoso que les hacía siempre sospechosos.
Los más peligrosos y terroríficos eran aquéllos que esgrimían todo un discurso filosófico, con un punto de melancolía que delataba que seguramente habían sufrido demasiado en el pasado.
Seres excéntricos, excitables y frustrados porque nunca tendrán lo que desean. Y llega un momento que estallan con una cólera casi infantil, atropellando sus palabras, tirándose del pelo y lloriqueando como niños. Patéticos.
Pero el gran Lorre también interpretó papeles divertidos, como el Joel Cairo de El halcón maltés, donde compartía cartel con el mismísimo Bogart.
Y es que era muy difícil que este niño grande cayera mal, incluso cuando daba vida a diabólicos monstruos.

Ya lo dijo Charles Bennett (39 escalones, El hombre que…), que escribió algunos de los guiones que Lorre bordó con su naturalidad habitual: “Peter puede matar calculada y malévolamente y seguir resultando graciosamente querido… quizás porque mata con esa seductora sonrisa suya o percibimos siempre, detrás del horror, su más íntima y genuina bondad“.
Escrito por Viernes 20 julio 2012








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