El dictador, un palurdo en la gran ciudad

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PUNTUACIÓN: 6

 

Incomodar a toda costa, ponernos contra las cuerdas de nuestros prejuicios, romper una lanza contra la cabeza de los que piensan que hay una ética de lo políticamente correcto. Consignas de lo que Jordi Costa ha convenido en llamar ‘post-humor’ y que Sacha Baron Cohen, en sus dos primeros experimentos cómicos, llevó hasta las últimas consecuencias utilizando lo real como campo minado y laboratorio creativo. La fuerza de Borat y Bruno radicaba en utilizar a celebridades y/o personas reales como cobayas metidos en una jaula de leones. Lo real imponía una reacción espontánea, sometida a las leyes de la impostura social puestas contra las cuerdas.

 

El dictador no es un (falso) documental. Tiene el aspecto convencional y bien acabado de una producción media de Hollywood. Sus imágenes son funcionales, impersonales, y eso perjudica el resultado final. El argumento no reinventa precisamente el género de la comedia: pensad en El gran dictador, pero también en Bananas o Presidente por accidente, auténticos referentes de Cohen a la hora de abordar la sátira política con toques de teatro del absurdo, y os haréis una idea de cómo es El dictador.

 

Da la impresión que Cohen ha limado sus colmillos. O que la redundancia de sus bromas, ahora que estamos acostumbrados a ellas, ha suavizado su efecto. No es que la historia del general Aladeen y su impagable doble, pastor de cabras que se mea encima de los asistentes a una asamblea de las Naciones Unidas, no tenga posibilidades. Cohen las explota pero a medias: no hay bromas sobre el Islam pero sí una afilada misoginia (las
feministas son menos peligrosas que Al Qaeda). Como Paco Martínez Soria perdido en la gran ciudad, nuestro dictador es víctima de su atrevida ignorancia. Y aunque Cohen le busque un interés romántico, lo hace, y eso me gusta, no para redimirlo: cuando al final vuelve a su país, los cambios que opera sobre su manera de gobernar son completamente aparentes, no reales.

 

Así las cosas, aunque la película parezca organizada alrededor de un discurso final en el que, parodiando El gran dictador, Cohen compara el imperialismo americano con el fundamentalismo islámico, la moraleja es puro nihilismo: todo cambia para que nada cambie. Aladeen es un dictador a quien nadie hace caso, pero sigue instalado en su ficción: ordena ejecuciones aun sabiendo que sus fieles súbditos no las van a poner en práctica. En eso, dice Baron Cohen, consiste el lado más perturbador del poder. Sólo seguirá en el trono el que crea sus propias mentiras: las armas de destrucción masiva para invadir un país, la inexistencia de una crisis que nos devora, la negación de un rescate o de una intervención económica que estalla cada día ante nuestras narices.

 

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Escrito por Martes 17 julio 2012

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