Siempre feliz, secretos de dos matrimonios

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PUNTUACIÓN: 4

 

Es cosa de los nórdicos el enfrentarse al adulterio desde una postura rígida y fría, aunque menos civilizada de lo que parece: cuando sueltan la lengua, no hay quien los pare. La venganza se sirve como un chupito: en vaso pequeño y helado, a dosis diminutas pero eficaces. No hay más que ver algunas películas de Bergman para darse cuenta de ello. Siempre feliz ahonda en esa dimensión del carácter nórdico sin sacar conclusiones más reveladoras que las que una mirada superficial pondría sobre la mesa.

 

Kaja parece haberse escapado de una película de Lars Von Trier. Su sonrisa naïf, como la de las heroínas que se autoinmolan en Rompiendo las olas y Dogville, esconde un trauma de orfandad y una aceptación sumisa de abuso. Su marido la trata como si fuera un payaso o una ciudadana de segunda. Su brutalidad, o en el mejor de los casos, su indiferencia, ocultan un secreto. Y ese secreto quema bajo el paisaje nevado de un pueblo aislado, en el que se instalan, casa por casa, otro matrimonio que parece perfecto pero que huye de otra crisis, provocada por una infidelidad.

 

La confrontación entre dos matrimonios infelices a los que les cuesta bien poco revelar su fragilidad se convierte en el eje vertebrador del relato. Se les ve venir: en la risa forzada de Maja notamos la turbulencia de una mujer humillada e insatisfecha. Anne Sewitsky no sabe de sutilezas, y aunque hace un buen trabajo a la hora de retratar la incomodidad de una cena entre cuatro personas que no se entienden -especialmente en la escena de los juegos de mesa, cotidiano terreno de conflicto-, entra demasiado al trapo, no permite que sepamos demasiado bien cómo se trabajan las apariencias en este mundo herméticamente cerrado.

 

Quizás se trata de una diferencia cultural, pero sorprende que ninguno de los cuatro personajes se esfuerce demasiado en ocultar su deseo de transgresión o sus secretos. Da la impresión de que la película es todo epidermis, no hay nada que descubrir más allá de lo que se nos cuenta. Se supone, también, que es una comedia, y sinceramente, las risas brillan por su ausencia. Hay una indefinición de tono torpe y peligrosa: no se crean lazos potentes de identificación con los personajes, ni siquiera con Kaja, el más maltratado.

 

Tuve la sensación de que Siempre feliz habría sido un buen corto si lo hubiera dirigido Kaurismaki (aunque al cineasta finés no le interesan para nada los adulterios). Sewitsky lo transforma en largo añadiéndole un cuarteto de gospel que, intermitentemente, funciona como coro griego, comentando los avances del relato, y una subtrama de ‘bullying” que intenta -y no consigue- ser metáfora del amor como sistema de poder en el que se transforma todo matrimonio. Lo dicho: parecen añadidos para alargar la historia, no para enriquecerla.

 

 


Escrito por Jueves 12 julio 2012

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