The Amazing Spiderman, ¿otra vez?

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PUNTUACIÓN: 4

 

No era necesario. Cualquier argumento es papel mojado: por mucho que la tercera entrega fuera un pequeño fiasco, Sam Raimi había pronunciado la última palabra sobre el superhéroe creado por Stan Lee y Steve Ditko en 1962. Diez años son pocos para olvidar lo que consiguió Raimi, y aunque la voluntad de desmarcarse es patente y el cambio de tono es obvio, la razón se mide en dividendos. Para sorpresa de muchos, los primeros resultados de taquilla están siendo excelentes. Lo que quiere decir que es muy posible que los adolescentes que visitan las multisalas crean que la trilogía de Raimi es demasiado vieja para echarle un vistazo.

 

Marc Webb, director de la muy estimable (500) días juntos, era una elección del todo improbable para dirigir este relanzamiento. He leído alguna entrevista en la que declara que ha querido centrarse más en los personajes que en los efectos digitales. Quizás debería volver a verlas, pero no recuerdo que las películas de Raimi los trataran con descuido. Al contrario, había una especial atención en acercarse a Peter Parker desde una cierta melancolía, incluso desde una perspectiva trágica no exenta, claro, de sentido del humor.

 

En las películas de Raimi había una poética, en la de Marc Webb hay artesanía. Andrew Garfield reinventa al personaje, se lo hace suyo, es innegable. Su entusiasmo atolondrado, su sarcasmo rencoroso y su sabiduría científica -inventa un mecanismo para lanzar telas de araña duras como el acero- le alejan de la timidez encantadora de Tobey Maguire. El conjunto es más insípido, menos abracadabrante: los vuelos digitales del Hombre Araña por los cielos nocturnos de Manhattan carecen de nervio, igual que un villano que parece haberse escapado de una serie B sin alma ni músculo.

 

Si recordáis al doctor Octopus de Spiderman 2, incluso al Hombre de Arena de Spiderman 3 (su primera aparición era memorable), el Lagarto que encarna Rhys Ifans se queda en agua de borrajas. Nunca tienes sensación de peligro, aunque cumpla su amenaza de convertir a media humanidad en reptiles depredadores (lo hace pero la película se olvida de ellos). Sus escenas son lo peor de la película, y ni siquiera el departamento de efectos digitales parece particularmente inspirado.

 

Da la impresión de que todo es más epidérmico, más inane. ¿Dónde se ha visto una película de superhéroes en la que al menos tres personajes se enteren de la verdadera identidad del protagonista enmascarado? ¿La identidad ya no cuenta? ¿No era una cuestión capital para crear tensión, para hablar del conflicto entre el bien y el mal, para un montón de cosas que aquí quedan sepultadas bajo el recuerdo de las películas de Raimi? Os recomiendo que veais Spiderman, y flipéis con la escena del beso bajo la lluvia, donde hay más cine que en estos malgastados 136 minutos.

 

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Escrito por Sábado 7 julio 2012

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