Muere Andy Griffith, un rostro en la multitud

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Andy Griffith

 

El pasado martes 3 de julio, a la edad de 86 años, fallecía en su casa de Carolina del Norte Andy Griffith, un actor más conocido en Estados Unidos que en España pero al que los buenos amantes del cine recordarán por su papel protagonista en Un rostro en la multitud, de Elia Kazan.

Griffith, que casualmente nació el mismo día que Marilyn Monroe (1 de junio de 1926), debutó en la gran pantalla en 1957 con esta película, y aunque su siguiente filme, la comedia No Time for Sergeants (Mervyn LeRoy), también gozó de cierto éxito, su buena estrella cinematográfica empezó a apagarse muy pronto. Después de la fallida Onionhead (Norman Taurog), Andy Griffith dejó el cine por la televisión y comenzó una carrera en la pequeña pantalla que se prolongaría durante prácticamente el resto de su vida.

 

El show de Andy Griffith

 

La gran mayoría de televidentes americanos le recordarán por su papel de sheriff bonachón en El show de Andy Griffith (1960-1968), una serie muy popular en Estados Unidos, aunque inédita en nuestro país, en la que Griffith interpretaba al padre de un jovencísimo Ron Howard (obsérvese en la foto el look por aquel entonces del director de Una mente maravillosa). En España le conocemos más por ser el abogado protagonista del drama legal Matlock (1986-1995) y por sus esporádicas apariciones en producciones míticas como Vacaciones en el mar, Hotel o Hawai 5-0.

 

Un rostro en la multitud

 

Curiosamente, en Un rostro en la multitud Andy Griffith también interpreta a una estrella de la pequeña pantalla. Sin embargo, el personaje de la película de Kazan no tiene nada que ver con los roles positivos y campechanos que Griffith encarnaría el resto de su carrera . En esta amarga crítica al poder de los medios de comunicación, el protagonista, Larry ‘Solitario’ Rhodes, es un ambicioso vagabundo que, tras ser descubierto por una periodista (espléndida Patricia Neal), pasará de ser un cantante sin techo a presentar un exitoso programa de televisión que lo convertirá prácticamente en la conciencia de América. El novato Griffith, de carácter tan afable como el de sus futuros personajes en la ficción, borda en esta ocasión su papel de vanidoso y ególatra líder de opinión, aunque parte del mérito de esta transformación hay que atribuírselo a Kazan (por lo visto, antes de cada toma, el director emborrachaba al actor y de este modo lograba insuflarle la agresividad necesarias para encarnar a Rhodes).

Al igual que hiciera unos años antes con La ley del silencio, Kazan se asoció para este filme con el guionista Budd Schulberg. El resultado es una película adelantada a su tiempo (la televisión aún no era lo que es ahora) en la que se nos alerta de los peligros del cuarto poder: demagogia, manipulación…  Una película progresista y crítica con el sistema (algo paradójico en Kazan) y que aún hoy en día resulta rabiosamente actual.

 

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Escrito por Viernes 6 julio 2012

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