Rock Hudson: un buen mozo melómano, perruno y jardinero

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Me he merendado en tres dias un libro que me ha dejado un buen amigo.
Está editado por Planeta en 1987 y creo que ahora sólo se encuentra en librerías de segunda mano y tal vez en intenet.
Porque es una maravilla: rebosa cine y pasión por su estrella protagonista.
Se trata de “Rock Hudson. Su vida”, escrito por Sara Davidson con la colaboración del famoso actor.

 

 

Precisamente este mes de julio, el día 25, se cumplirán 27 años desde que la noticia de que padecía sida se dio en París, donde el astro había acudido en busca de un remedio para la entonces incipiente y terrible pandemia.
El libro está construido como un gran flash-back en el que se desmenuzan, con todo lujo de detalles, no sólo la vida profesional del altísimo galán, sino también de su vida privada, ésa que mantuvo celosamente en secreto hasta pocos meses antes de su muerte.

 

 

Mientras la crónica del descubrimiento, diagnóstico y tratamiento del síndrome es como un guión de una película de terror (ya casi no recordamos aquellos años de incertidumbre y dolor provocados por la plaga más cruel del siglo XX), el resto del libro, repleto de datos sobre Hollywood, es una mezcla de comedia, crónica de un ascenso, consolidación y declive de un gigante, que construyó en su mansión The Castle un regugio para sus perros, sus amantes y sus amigos, entre los que estaban, por nombrar sólo a tres, a Liz Taylor, su inseparable George Nader y Doris Day, con quien formó pareja artística en varios títulos y en cuyo programa de televisión Rock hizo su última aparición como estrella invitada (la serie Disnastia, con el polémico beso a Linda Evans, y la película The embassador fueron sus últimos trabajos).

El libro da para escribir varias entradas. Hoy voy a dedicarla a las palabras del protagonista de Obsesión que abren cada capítulo, destacando las más significativas, repletas de verdad, ingenio e inteligencia. Allá van:

 

 

“Yo no fui descubierto. Cuando era chiquillo supe que quería ser actor. Pero como vivía en una ciudad del Medio Oeste no lo decía porque era cosa de nenas.
Una vez le pregunté a mi padrastro si podía recibir lecciones de arte dramático. El viejo preguntó. “¿Por qué?” Cuando le dije que quería ser actor… ¡Crac! -hace el gesto del corte de mangas con el brazo-, y acabó todo”.

 

 

Obsesión me proporcionó el primer papel dramático que no se basaba para nada en el físico. Ahora se lo agradezco al estudio… Me habían hecho trabajar en todos aquellos westerns y películas de indios para que yo practicara. Si mi actuación no resultaba demasiado buena, no importaba demasiado. Yo lo sabía y probaba cosas diferentes para saber si servían. Y a veces me decía: “No, no vuelvas a hacer eso” o “Sí, eso vale la pena”. Y todo ello fue una buena experiencia. Así que cuando llegó Obsesión yo estaba preparado”.

 

 

Phyllis era insuperable. Era de la “familia”. Nunca conocí a alguien con tanto sentido del humor; no le faltaba nunca. Le encantaban los juegos y tenía que ganar. Nos divertimos muchísimo hasta que nos casamos. Desde aquel día se acabó todo. Se convirtió en la esposa de un astro del cine. El pedazo de papel cambió todo. Tenía que usar un vestido nuevo para cada ocasión y debía tener visón, no zorro. Quería saber dónde estaba yo en cada momento. No funcionó.”

 

 

“Filmar Confidencias a medianoche fue una fiesta. Yo me sentía nervioso y asustado porque nunca había actuado en una comedia. Conocí al director Michael Gordon, un ser muy intenso… Entonces le pregunté:
-Señor Gordon, estoy preocupado por una cosa: ¿cómo plantea usted una comedia?
-Como si fuera la cosa más trágica del mundo – respondió él.
Lo pensé y encontré que tenía sentido; entonces continuó:
-Si usted cree que es gracioso, nadie más lo creerá.
Y ésa es la verdad absoluta. Y por supuesto, la cosa más trágica del mundo.

 

 

Doris y yo nos convertimos en grandes amigos. Ella es una dinamo, una señora llena de energía. ¡Y qué comedianta! Nuestro problema era que teníamos que aguantar la risa. Usteden saben, conocen la dulce agonía de tener ganas de reír cuando no corresponde. Eso nos pasaba.
El segundo film que hicimos juntos, Pijama para dos, nos presentó el mismo problema con más intensidad. Creo que la filmación se alargó dos semanas por nuestras risas. No podíamos mirarnos. Yo le miraba la nariz, la frente. Y nos hacíamos gestos horribles cuando nos filmaban de espaldas. Tal vez actuar sea algo infantil en un sentido, pero si se actúa en comedia no lo es. Creo que lo que se ve en la pantalla es todo aquello que contribuyó a que la película fuera un éxito. El brillo aparece en los ojos. Y nosotros lo teníamos”.

 

 

“Mi casa es el único lugar en el que puedo tener intimidad. Fuera de casa observan todo lo que hago y lo comentan, pero una vez que cruzo el portón puedo relajarme y ser yo mismo. Me encanta trabajar en casa: derribar paredes y colocar hileras de ladrillos. Y para el verdadero relajamiento no hay nada como la jardinería. Cuando medito las decisiones que tengo que tomar sobre mi carrera y pienso en los papeles que debo aprender… ¡Voy al jardín a sudar! ¿Dónde están mis tenazas? ¿Dónde están mis tijeras? Podo, riego y planto. A veces sólo limpio de maleza durante horas y estoy totalmente perdido en mis pensamientos. Si tuviera que empezar de nuevo creo que sería arquitecto paisajista”.

 

 

Me encanta fumar. Estoy a la espera de que alguien descubra que es un hábito saludable porque el humo mata todos los gérmenes.
Me encanta beber y detesto hacer ejercicio. No me importa ir a la ladera de la colina y talar un árbol, pero odio la gimnasia organizada. Hice construir un gimnasio en mi casa, pero no lo usé nunca. Ni siquiera me agrada cruzarlo.
Soy noctámbulo. Cuando no estoy trabajando, nunca quiero ir a dormir. Prefiero quedarme levantado charlando o leyendo y escuchando música. La música es tan importante en mi vida como el aire. La necesito para respirar. Adoro estar rodeado de música todo el tiempo y me gustan todas las clases de música”.

 

 

“Hay una tremenda diferencia entre la televisión y el cine, y nadie me lo había comentado. En televisión el enemigo es el tiempo. Todo se hace con tanta rapidez que no hay tiempo para realizar un buen trabajo. Se debe existir entre la mediocridad. Para una película se hacen las tomas de dos o tres páginas diarias. En televisión, en una serie, se filman doce páginas por día. Cuando hize Plan diabólico con John Frankenheimer nos llevó cuatro meses la filmación. Para El comisario MacMillan y señora rodábamos cada capítulo en tres semanas y en ambos casos se trataba del mismo tiempo en la pantalla.

 

 

En televisión, uno debe tener presente que lo que se hace se verá en una pequeña caja. Así que hay que exagerar e interpretar todo en forma muy marcada. No se puede ser sutil o el personaje se perderá. En una película, en la pantalla grande, el menor gesto, como levantar una ceja o mover el labio, aparecerá de forma estruendosa porque se lo aumenta veinte veces. Mientras que el mismo gesto no se ve por televisión.
Los guiones empeoraron a media que la temporada avanzaba. No tenían mucha gracia; debíamos agregar cosas de nuestra cuenta, pero eso es peligroso. La comedia debe estar ensayada, bien trabajada, no debe ser producto de la improvisación. Eso provoca el alcoholismo.”

 

 

“Lo más peligroso para un actor es no escuchar a los demás, creer que uno sabe más que todos. Uno se convierte en su peor enemigo. Estoy seguro de que eso es una manifestación de inseguridad. Se requiere mucha seguridad para decir: “No sé” sin sentirse avergonzado y preguntar: “¿Qué significa esa palabara?”, o decir: “No comprendo”. Casi todas las personas inseguras dirían: “Sí, estoy enterada de todo eso” y así es como pierden la oportunidad de aprender. Son perdedoras”.

 

 

“¿El amor? Se exagera muchísimo. Desde luego existen muchas formas de amor, como el amor de un niño o de un padre, el amor por los perros, las plantas o el pollo frito. Amo amar, pero el hecho de estar enamorado de alguien ha sido demasiado idealizado. La gente ha llegado a esperar mucho más de lo que es en realidad”.

 

 

“No tengo una filosofía para la actuación ni para nada. Uno simplemente lo hace. Y lo digo en serio. Sin embargo, puedo decir eso tranquilamente ahora, después de treinta y cinco años. Pero si uno le dice a alguien que está empezando: “Simplemente, hazlo”, es como no decirle nada, ¿no? Es necesario haber dado toda a vuelta al círculo para poder decir: “Uno simplemente lo hace”.
Alguien me preguntó una vez cuál era mi filosofía de la vida y yo contesté unas tonterías. Debería haber contestado preguntando: ¿Cómo diablos voy a saberlo?”.

CONTINUARÁ…

 


Escrito por Martes 3 julio 2012

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