Peter Cushing, creando y destruyendo monstruos perfectos

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Cuando la ahora renacida Hammer decidió, allá por los años cuarenta, remakear a los más famosos monstruos del cine de terror, contrató a una estrella de la televisión que entonces tenía 43 años para darle dos papeles que provocarían adoración instantánea en todo aficionado al género:

-El diabólico Barón von Frankenstein, que, imitando a Dios, crea el androide de cabeza cuadrada en La maldición de Frankenstein,

-El cazavampiros profesor Van Helsing en Drácula, ambas dirigidas por el eficaz residente Terence Fisher.

 

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Desde entonces el delgado y pomuloso rostro de Peter Cushing se convirtió en eso que llamamos icono del cine de terror, en una vertiente más sangrienta y con más voltaje sexual que la de los originales que habíamos conocido, en blanco y negro, de la mano de directores geniales como James Whale o Tod Browning en décadas pretéritas.

Y se convirtió en el rival (y pareja artística y/o antagonista) del también enorme Christopher Lee, quien encarnó a su criatura en la primera película arriba mencionada, y al vampiro lascivo, sediento de jóvenes vírgenes, en la saga que le encumbró como leyenda.

 

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El duelo de adversarios (ambos interprétes habían coincido previamente en dos películas: Hamlet, de Lawrence Olivier y en Moulin Rouge, de John Huston) nos fue servido en varios títulos, a cada cual más subyugante, rojizo y divertido.

Lo flipante era que un hombre tan enjuto fuera capaz de vencer a un bicho elegante, alto y super maléfico como el aristócrata de Transilvania.

Pues se enfrentó, no sólo armado de estaca, sino también de inteligencia, ingenio, tenacidad y valor, con esa mirada que transmitía tal obsesión por erradicar el mal que se batía incluso cuerpo a cuerpo con el murciélago humano, cuando a priori su inferioridad física resultaba evidente.

 

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Pero yo siempre he pensado que, en el fondo, sus papeles eran intercambiables, de hecho de niño les confundía y no tenía claro quién era el más diabólico de los dos.
Porque no me negaréis que Cushing, debidamente caracterizado… ¿no podría haber sido otro Nosferatu, con su cara demacrada, nariz puntiaguda y mirada penetrante?

En su carrera, aquel espíritu de sabueso rastreador volvió a quedar en evidencia encarnando a Sherlock Holmes en El perro de los Baskerville.

Un tipo serio que remató su aire lúgubre como el frío gobernador Tarkin en La guerra de las galaxias, un colofón de altura para una carrera repleta de horror, rivalidad, monstruos, lados chungos y fantasía.

 

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Escrito por Jueves 28 junio 2012

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