La cueva de los sueños olvidados, los secretos de la tierra
Algunos la han tachado de superficial, pero a mí me parece una delicia. Es lo que ocurre con los documentales de Werner Herzog, que al final da la impresión de que van de otra cosa, que rodean lo que aparenta su tema principal para quedarse en los alrededores, para desviarse y regresar y huir otra vez, y acabar hablando finalmente de una visión del mundo curiosa, singular, que se gusta mucho, sobre todo cuando se detiene a filosofar o a reírse con sus entrevistados o a preguntarse por si la vida es tan misteriosa y prosaica como parece.
Herzog, que es el William Castle del documental, ha convertido al 3D en un ‘gimmick’, en un argumento de marketing, apuntándose al carro de la tecnología punta para alinearse con esa tropa de cineastas que ha encontrado en las tres dimensiones un vínculo con el cine de los orígenes. Y qué mejor que las sofisticadas pinturas rupestres de las cuevas de Chauvet para hablar de cine primitivo, o de la génesis del cine. Hay está el protocine, la animación fotograma a fotograma, la intuición del hombre convertida en oda a la imagen en movimiento.
Herzog sabe de la importancia de su hazaña -las cuevas ya están cerradas al público-, de su privilegiado testimonio -el Ministerio de Cultura francés le dejó entrar y filmar por ser quién es- y de su responsabilidad. Después de todo, gracias a él, en La cueva de los sueños olvidados nos brinda la ocasión de tocar el arte de la Prehistoria con los ojos. Es como si pestañeáramos y las pinturas cabalgaran sobre nuestras retinas. Es hermoso saber que estamos allí con él, y que la película lo hará posible siempre que volvamos a verla.
Pero como decíamos, a veces parece que las cuevas sean sólo una excusa para retratar la fauna de científicos y especies en extinción que rodean a las pinturas. Y Herzog se divierte divagando con ellos, ridiculizando a un experto que no sabe apuntar una lanza, entreteniéndose con las piedras y las flores, explicando sus teorías sobre lo divino y lo humano. No hay nada más entretenido que un documental de Werner Herzog, porque sabe replegar los sentidos de lo real deteniéndose en lo lúdico, y en la voraz relación que hombre y Naturaleza mantienen con la imagen.
A veces Herzog es víctima de su propia excentricidad, como si se viera obligado a ser fiel a su personaje sin que venga mucho a cuento. Es lo que ocurre en el epílogo de La cueva de los sueños olvidados, con el hallazgo de esos cocodrilos albinos que han encontrado su hábitat natural en las inmediaciones de una central térmica. Es entonces cuando vemos que Herzog es también su marca registrada, su factoría, su sociedad anónima y limitada, y que haría todo lo posible por mantener su reputación como extraterrestre que excava, sabio, los secretos de la tierra.
Escrito por Jueves 28 junio 2012

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