Un amour de jeunesse, gracias a la vida
Captar el flujo de la vida: eso es lo que ha intentado Mia Hansen-Love en sus dos últimas películas, la magnífica Le père de mes enfants y esta notabílisima Un amour de jeunesse. Ha aprendido la lección de Olivier Assayas, su pareja en la vida real, que hizo lo mismo en la magnífica Las horas del verano. ¿El cine como espejo que refleja el camino? Bueno, no se trata tanto de ser realista como de tomarle el pulso a nuestros impulsos, de hacer un cine emocional que no se deje llevar por las emociones, que no enfatice lo que comunica la verdad de las imágenes.
Y el amor, gran tema del cine francés, protagoniza este film sentimental pero no sentimentaloide, donde la adolescencia, con todos sus clichés y su energía y su urgencia por consumirla, da paso a una juventud en la que aún se repiten los mismos errores, pero que está abierta al cambio, a la posibilidad de la madurez. La historia que cuenta Hansen-Love abarca ocho, nueve años, quizás el período de formación -de los 15 a los 24- de la identidad en la que se sufre más, en la que se sufre casi a voluntad. Es mérito de la película que ese sufrimiento siempre aparezca como algo honesto, auténtico.
Cuando empieza Un amour de jeunesse, Camille y Sullivan ya están enamorados. Y sabemos que es un amor que, por muy intenso que sea, tiene una cercana fecha de caducidad: Sullivan quiere irse a Sudamérica a encontrarse a sí mismo. Veremos el dolor de la pérdida sin subrayados: el tiempo pasa, la nieve se derrite y sigue la espina clavada en el corazón. Y luego Camille descubre su vocación, vuelve a enamorarse (de uno de sus profesores), pero el primer amor regresa, y la alegría y las heridas se abren, y el mundo sigue siendo un lugar sin límites.
Hansen-Love afirma que Un amour de jeunesse es una película autobiográfica. Quizás para distanciarse de material tan íntimo, ha optado por una puesta en escena tan transparente, tan desprovista de momentos climáticos. Si hay un intento de suicidio, no se dramatiza; todo es natural, y todo se supera con el paso del tiempo. Es precisamente la representación del paso del tiempo lo más llamativo de esa puesta en escena: las elipsis son bruscas, por lo imperceptibles: da la impresión que han pasado unos meses y no unos años. El tiempo transcurre sin que nos demos cuenta de que existe.
Un amour de jeunesse recoge las herencias de la Nouvelle Vague: la autenticidad de los sentimientos, la frescura del estilo, la inmediatez de los personajes. Quizás lo más sorprendente de la propuesta de Hansen-Love sea su modestia, la extrema humildad con que trabaja el código genético de cierto cine francés. Esa modestia es la que la convierte en una película tan emocionante.
Escrito por Domingo 13 mayo 2012

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