El imperio del sol: la melancolía de Steven Sipelberg
El imperio del sol es una de las películas menos valoradas de Steven Spielberg. Sin embargo a mi es una de las que más me fascinan de toda su filmografía. El acierto de Spielberg es despojarse de una cierta ingenuidad que afecta a su cine y madurar detrás de la cámara a la par que se desarrolla esta historia y nosotros la contemplamos. El punto fuerte de la película es contar el guión desde el punto de vista de un niño, Christian Bale que se responsabiliza de la trama de principio a fin.
Esta película muestra la melancolía de un Oliver Twist moderno encarnado por Christian Bale a quien le pilla la invasión japonesa de China en diciembre de 1941. Bale es un niño pijo privilegiado que vive junto a sus padres dentro de una burbuja de cristal. Tras la ocupación nipona de Shanghai, el chaval se despista y pierde a sus progenitores. A partir de esa separación, Bale se ve recluido en un campo de concentración donde cuelga los últimos jirones de su infancia.
La melancolía es el sentimiento predominante de la historia, una melancolía adulta de un niño que tiene que madurar demasiado pronto, que tiene a un mentor enrarecido e inquietante como es John Malkovich, experto en hacer esos personajes ambivalentes en lo moral que son buenos y malos a la vez y que abundan muy poco en el cine y mucho en la vida.
La sombra de Lawrence de Arabia es alargada. Y eso se nota cuando a Spielberg le toca dirigir las secuencias épicas y de masas. Todo ello nos revela, una vez más, que el Rey Midas de Hollywood es ante todo un alumno aventajado de la praxis cinematográfica, con un virtuosismo que raya en la euforia cuando le toca desplegar su capacidad para la puesta en escena.
El gran tema de la película es el hogar perdido, leit motiv constante en la obra de Spielberg (Desde Atrapa a un ladrón a E.T.) Lo sobresaliente de esta película es que quizás el hogar perdido se ha perdido para siempre y no hay componendas ni paños calientes ni giros edulcorados en el guión. Probablemente se trata de la película más amarga de Steven Spielberg.
Ojo espoiler. Spielberg apuesta por un final triste conscientemente para no traicionar la tesis de la historia: uno puede inventarse su propia vida desde la nada y quienes viven ajenos al dolor (como los padres de Bale) en realidad no viven. Por eso ese reencuentro final entre Jim, ese niño que es un herido emocional de la guerra, y sus padres, trajeados y su madre, maquillada como si nada hubiera pasado es melancólico y nada spielbergiano.
La vida cambia en un solo instante y para Jim ya ha cambiado. Ese tránsito forzado a la madurez y el realismo de una comodidad no regalada hacen imposible recuperar ni el pasado ni la inocencia. La maravillosa banda sonora firmada por John Williams hace el resto y nos traslada a ese momento en el que todos teníamos infancia y un día, la perdimos.
Escrito por Viernes 13 abril 2012

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