Para los adoradores de Barbra (Streisand)
Nunca he sentido devoción por esta buena señora.
Jamás me ha provocado algo especial, ningún bulle-bulle, cero cosquilleo.
Debe ser que no he oído suficientemente sus canciones más allá de aquel temazo discotequero que hizo mover las caderas en los setenta, donde competía en gorgoritos con Donna Summer.
Pero sé -y tengo varios amigos que lo confirman- que arrastra masas, dispuestas a pagar fortunas por verla actuar en un estadio (hay un comic del alemán König la mar de gracioso sobre este particular).
Este mes, el día 24, cumplirá 70 años, cosa que sus seguidores celebrarán, supongo.
A ellos dedico este esforzado post.
Dicen que su determinación en convertirse en actriz le nació cuando tenía apenas cuatro años.
Que con 14 empezó un verano a currar en un teatro y que gastaba todo su tiempo libre en ver películas en la tele y devorar revistas de fans.
Eso no le impidió graduarse dos años antes de lo habitual y con estupendas notas, así que dejó su Williamsburg natal (entonces, no como ahora que es lo más trendy, era una siniestra zona de Brooklyn) y cruzó el famoso puente para convertirse en star en Manhattan.
Como no tenía donde caerse fatigada, dormía en el sofá de la oficina de un amigo, trabajaba en curros temporales, visitaba a directores de casting y cantaba por la noche en los garitos gay de Christopher Street, donde hoy tantas drags la imitan orgullosísimas.
Ganar un concurso en un bar de la zona le valió un contrato de cien dólares a la semana y su primer peldaño hacia la fama.
Que la chica tenía ya arrestos lo demuestra que no hizo puñetero caso a los agentes que le recomendaban que se cambiara de nombre y de nariz: sólo se quitó una “a” de su Barbara original
Terca y tenaz, aprovechó cada minuto delante de un micro y eso le llevó a la tele, y de ahí a Broadway, donde debutó en 1961, con el musical Another Evening with Harry Stoones, donde la vio el productor David Merrich, que la fichó para I can get it for you wholesale.
Funny Girl fue su primer papel importante sobre un escenario, que pronto se convirtió en oscarizado film.
Y ahí ya aquella pobre niña huérfana de padre tocó el firmamento de Hollywood, con títulos como el drama sentimental Tal como éramos, el glamouroso musical Hello, Dolly!, la divertida comedia ¿Qué me pasa, doctor? (en plan Kathe Hepburn, con quien había tenido que compartir el premio gordo de la Academia), la olvidable Combate de fondo (que intentaba repetir el éxito anterior con el mismo galán: Ryan O´Neall) y ganando el Oscar a la mejor canción por Evergreen, de la banda sonora de Ha nacido una estrella, donde se atrevía a emular a otro gay-icon: Judy Garland.
Y desafió a directores de renombre al ponerse detrás de las cámaras no sólo dirigiendo, sino también produciendo y escribiendo vehículos para su lucimiento -y arrimándose a maromos preferentemente rubios) como Yentl (donde se hacía pasar por hombre mucho antes que Glenn Close), El príncipe de las mareas y El amor tiene dos caras.
La última vez que la vimos en pantalla, fue como secundaria en la saga de Ben Stiller sobre padres y parientes:
¿Eres fan fatal de la Streisand?
¿Te gustaría verla más a menudo en el cine?
¡Felicidades, Barbra!
Escrito por Lunes 9 abril 2012

Barbra, una verdadera leyenda! Multitalentosa!