Muerte en Venecia: ese dulce demonio interior

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Confieso que pillé a medias Muerte en Venecia durante una tarde de mi adolescencia. El magnetismo de las imágenes me enganchó, y su música resonó en mi cabeza después de acabar la película. Esta historia siempre estará asociada a una sensación de verano tórrido y terminal y a la música de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler. Lo cierto es que ese triángulo de las Bermudas estético que forman Thomas Mann, Luchino Visconti y Gustav Mahler funciona, aunque sólo sea por su búsqueda de la belleza imposible.

 

Muerte en Venecia: la belleza y su magnetismo maldito

 

En aquella época adolescente ver Muerte en Venecia me provocó una sensación de familiaridad ya que estaba leyendo en ese momento la novela La Montaña Mágica de Thomas Mann, también padre literario de Muerte en Venecia. En La montaña mágica, el escritor alemán ya esgrimía la tesis de que hay dos tipos de personas: las que son aptas para la vida por su temperamento y vitalidad física arrolladores y fuertes, y las que no, por su sensibilidad, vulnerabilidad, frágil salud y dedicación al arte como ideal.

En Muerte en Venecia, Dirk Bogarde sin duda pertenece al último grupo: el de los que no se defienden bien en la vida, el de los que se ahogan en una frustración interior insatisfecha, el de los que anhelan la belleza y se pierden en fantasías mentales y amorosas. Bogarde llega a Venecia para escapar de la severidad de Alemania pero también para huir de un estilo de vida en el que la respetabilidad y la contención son la norma.

 

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La historia se desgrana en unas cuantas líneas: a principios de siglo, un compositor alemán llamado Aschenbach, que tiene una delicada salud, llega a la ciudad de los canales. Frustrado y deprimido porque su última obra ha sido un auténtico fracaso, teniendo en cuenta lo que supone eso para un hombre que vive totalmente entregado a su trabajo, se refugia en la contemplación de un adolescente que lleva el nombre de Tadzio. Venecia está acosada por una  epidemia pero Aschenbach prefiere no huir.

 

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Hay varios ingredientes que hacen que la película Muerte en Venecia crezca con ese ADN tan singular. Un final misterioso: mientras Dirk Bogarde agoniza en la playa, Tadzio señala un punto en el horizonte que no se distingue, una planificación cuidada, estudiada, pensada para extraer belleza de cada plano, la propia mirada del ojo interior de Visconti que bucea en el alma rota de Aschenbach (apellido alemán que puede traducirse como “río de cenizas”) y un ritmo moroso que, en ocasiones, lastra la historia.

 

En film se impregna de la melancolía y pesimismo propios de la vejez, de una sensación de hastío vital, de una locura triste y fatalista que embruja al propio Dirk Bogarde y le hace permanecer en Venecia cuando su mejor juicio le grita que regrese a Munich.

 

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La eterna lucha entre el deseo y la racionalidad, la atracción vivida como un constructo imaginativo, que siente el personaje interpretado por Bogarde por el adolescente Tadzio, que le despierta una vitalidad nueva y fresca, un reverdecimiento creativo, todo ello se opone a la razón, que le dice a Bogarde que tiene que ocultar lo que siente y regresar a su país natal como sea.

 

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Ya desde su estreno, la película suscitó la polémica y opiniones confrontadas: desde los que la consideraban una obra maestra sin discusión hasta quienes decían que su esteticismo y cierta falta de narrativa la dañaban.

“Quien ha contemplado la belleza, con sus propios ojos, está consagrado ya a la muerte”, decía el eslogan de la película. Thomas Mann y Luchino Visconti lo sabían muy bien.


Escrito por Lunes 2 abril 2012

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