Redención, la bella y la bestia
Podéis estar hasta el moño del miserabilismo inglés, pero lo cierto es que cuando los británicos se ponen a buscarles las cosquillas a los ‘angry-no-tan-young-men’, no hay quien les supere. Recuerdo, en este sentido, la ópera prima de Gary Oldman, Los golpes de la vida, con la que Redención mantiene no pocos puntos de contacto. Uno de ellos, la violencia que muerde la mano del espectador, que no se atreve a revolverse en la butaca. Mejor no hacerlo por si le caes mal a Peter Mullan, en su sempiterno papel de hooligan alcohólico y traumatizado.
Lo primero que hace Mullan en Redención es reventar a su perro de una patada. Se lo carga a la salida de un pub, ciego de cervezas y bourbon. La verdadera violencia es arbitraria, nos dice Considine, y en general la ejercemos contra quiénes más queremos. Mullan se encuentra con la horma de su zapato, la dependienta de la tienda de una ONG que es maltratada por su marido de una forma brutal. Un alma cándida, llorosa, que está pasando por una experiencia inenarrable, y cuyo destino se cruza con otro monstruo.
Lo menos interesante de la película son las historias colaterales que rodean al personaje de Peter Mullan y el exceso de explicitud de la violencia. Es fácil extraer conclusiones de lo que vemos en esa violencia -Considine nos la muestra en toda su crudeza para que entendamos la futura conducta del personaje de Olivia Colman, que, por cierto, está estupenda- aunque creo que se gira en contra de las intenciones del film. Lo que lo sustenta, el esqueleto de su extraña ternura, es la relación que se establece entre Mullan y Colman.
En otro universo, Mullan podría ser el maltratador de Colman. Y en otro universo, Colman podría vengarse de Mullan. Sin embargo, en el universo que escoge Redención para explicarse, los dos personajes se miran de cerca, con cara de desconcierto, sabiendo lo que está ocurriendo detrás de su conciencia y dejándose ayudar, como extranjeros buscando un refugio en el otro sin saber si el otro es de fiar o no. Mullan es la némesis de Colman y viceversa, y su relación es de una hermosa ambigüedad.
Si le quitamos lo superfluo, quedaría material para un mediometraje, pero sería bueno, muy bueno. Me gusta que Paddy Considine minimice el contexto y no haga sólo una película social. Al fin y al cabo, nos dice que los maltratos no son exclusiva del proletariado, que la violencia está en todas partes, y que es lo que nos hace débiles y fuertes a la vez. Débiles ante nuestra imagen en el espejo, fuertes en los vínculos que nos convierten en dominantes o dominados, en ocasiones al mismo tiempo.
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Escrito por Miércoles 28 marzo 2012
¿Y la nota?
Una cruda pero honesta película, formalmente sencilla pero emocionalmente profunda. De esas que te dejan un tiempo dándole vueltas a la cabeza. Buen guión y unos actores sublimes y conmovedores. Aunque si sólo quieres evadirte y ponerte ciego a palomitas, ésta no es tu película. Mi reflexión un poco más currada en
http://elcadillacnegro.com/2012/03/23/redencion-tyrannosaur-hondura-emocional/