Meg Ryan: aquella chica que fingía tan bien los orgasmos

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Esta rubia pizpireta con cara de simpático -y forzoso- buenrollismo siempre me pareció empalagosa hasta que se puso a gemir, fingiendo un gran orgasmo, en una cafetería muy concurrida en uno de los gags más reídos y celebrados de la comedia americana de todos los tiempos.

La réplica final de aquella señora que desde una mesa próxima pedía al camarero “Quiero tomar lo mismo que ella” lograba que las carcajadas resonaran en el ciberespacio y más allá.

Como sabéis de sobra, se trataba de Cuando Harry encontró a Sally, una cinta de Rob Reiner coprotagonizada por un Billy Cristal pre-botox.

 

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Pero Meg Ryan, me guste o no, insisto, es mucho más.

Fue esta hija de maestros la reina del instituto, escribía poesías y tocaba el piano, como manda el cliché de niña mona y con ojos azules de clase media americana de Connecticut.

Una infancia pues de color rosado que se tornó infeliz cuando ella tenía 15 años y sus padres se divorciaron.

Su madre, para animarla, decidió enviarla al casting para el papelín de hija de Candice Bergen en Ricas y famosas, la última película de George Cukor, y la niña se hizo con el rol.

 

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Pero Meg siguió estudiando aplicadamente y cuando tuvo que ir a la universidad, decidió hacer periodismo en Nueva York acudiendo a las clases nocturnas, porque las mañanas las echaba en el rodaje de la serie As the world turns.

Tras un paréntesis en 1984 para viajar por Europa, decide volcarse a tope en la interpretación y deja la gran manzana para volar a Los Angeles.

La buena suerte le seguía sonriendo y con su look princesita metió la naricilla en alguna serie de la factoria Disney y en pequeñas películas, donde empezó a destacar por su melena agitada y su sonrisa perenne.

 

 

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Hasta que Top Gun llegó a su vida y entonces ya lo suyo fueron algunas portadas.

 

De ahí pasó a El chip prodigioso, delicioso remake del mítico Viaje alucinante a cargo de Joe Dante, donde le arrancaba la toalla dejando desnudo en plena calle a Dennis Quaid, quien sería su flamante esposo durante décadas, provocando muchos odios envidiosos.

 

Volvió a coincidir con mister pétreos abdominales en Muerto al llegar y siguió subiendo peldaños hacia el estrellato con Más fuerte que el odio, Tierra prometida y The Doors, aquel intento de Oliver Stone de recrear la vida de Jim Morrison.

 

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Pero la gran zancada le vino con el personaje de Sally la parlanchina fingidora, allá por 1989, convirtiéndose ipso facto en algo así como la nueva Goldie Hawn: rubia, mona y algo payasa.

Así que ya nadie le discutió que era la nueva reina de la comedia, la chica de la puerta de al lado que, además, nos hacía la vida más risible.

Con esa etiqueta asentada y la de moderna romanticona, nos empalagó con Hechizo de un beso, Algo para recordar, Joe contra el volcán y Tienes un e-mail (estas últimas al lado de otro maestro en el arte de lo cursi: Tom Hanks), hasta que Jane Campion quiso convertirla -sin éxito- en una mujer turbulentamente sexy en el thriller En carne viva.

 

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Después, y en los últimos años, como su amigo Crystal, ha decidido entregarse a la religión del botox, se ha separado del macizo Quaid, su mecha se ha apagado un poquillo y consigue que cada vez que aparece en pantalla añoremos lo bien que estuvo, fingiendo un orgasmo, en aquel memorable gag de 1989, un momentazo que Meg Ryan nunca ha superado.

¿Os gusta tan poco Meg Ryan como a mí?

¿Por qué?

 

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Escrito por Miércoles 28 marzo 2012

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