Kathy Bates: demasiado heavy para Hollywood

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Que seas una estrella consciente y orgullosa de tu sobrepeso en una industria que adora las dietas y el gimnasio tiene más que mérito.

A esta  mujer nacida en Menphis, Tennessee, no sólo le sobran kilos según los dietistas más recalcitrantes, sino también, según éste que escribe, mucha inteligencia, constancia, bravura y ambición.

Desde niña tuvo claro que ella no había nacido para caminar por el lado convencional de la vida.

 

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En una mente tan  imaginativa y abierta como la suya, la confusión era un plus que supo canalizar.

¿Cómo?

Pues escribiendo poesía y canciones a solas, en casa, y planeando un futuro que su padre, ingeniero mecánico, y su madre, ama de casa, nunca imaginaron para la más gordita de sus tres hijas, la única que no había salido nunca con un chico.

 

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Lo que podía haber sido un lastre -y un complejo- para otras, en Kathy mutó en decisión.

Por eso no dudó en irse a Nueva York con 500 dólares en el bolsillo y un curro en una tienda de souvenirs y regalos con el claro objetivo de alcanzar su sueño: convertirse en actriz… de caracter. Insisto, de tonta ni un pelo.

Semejante maremoto de mujer pronto consiguió debutar en una obra de Milos Forman y recibió una nominación al Tony por interpretar a la hija suicida de Buenas noches, madre, el premio Prize que Sissy Spacek encarnó en el celuloide.

 

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El papel era tan emocionalmente intenso que se instaló también en su propia vida, creándole más confusión de la que habitualmente anidaba en su cerebro. Pero Bates supo canalizar aquella energía y volvió a dar el campanazo como la protagonista del off-Broadway Frankie and Johnny in the Claire de Lune (que luego la Pfeiffer -con quien coincidiría en Cheri– protagonizó en la pantalla: así customizó Hollywood el personaje de una cuarentona normal, vulgar y corriente), éxito que la animó a comprar el billete de avión para Los Ángeles.

 

Allí, por razones obvias, vio cómo muchos papeles de protagonista eran asignados a la rival de casting que lucía vestidos más entallados. Pero ella no desfallecía, consciente de que la gente de a pie no es precisamente como la que aparece en pantalla… y que vendrían nuevas generaciones que apreciarían su talento.

 

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Así que se especializó en papeles pequeños, secundarios y de carácter hasta que una fan psicópata llamada Annie Wilkes, parida por Stephen King, pasó de los párrafos de una novela a los diálogos de un guión: Misery no sólo le regaló un Oscar como una catedral (el primero ganado por una mujer protagonista de un film de terror que, además, fracturaba sin piedad los tobillos de James Caan), sino que también la situó en la primera división y desde entonces muchos conocen su nombre, su envergadura y su característica manera de entender la interpretación.

 

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Prueba de ello son sus carismáticos, contundentes y magníficos trabajos -totalmente desacomplejados- en Jugando en los campos del señor (donde, con 43 años se desnudaba sin pudor), Tomates verdes fritos , Eclipse total, Titanic, A propósito de Schmidt (con un alegre segundo desnudo integral en su filmografía que generó todo tipo de comentarios) y siendo Gertrude Stein en el último Allen.

 

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Casada -y luego divorciada- con su novio de décadas, el actor Tony Campisi, temperamentos y presencias como los de Kathy Bates -que ha dirigido capítulos de teleseries como A dos metros bajo tierra, Oz y Policías de Nueva York– no abundan en el star-system.

Porque ella es muy heavy… y está encantada de serlo.

 


Escrito por Martes 27 marzo 2012

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