Perfume de mujer: el festín de Pacino

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Perfume de mujer se sustenta en dos momentos: la secuencia del sillón con Al Pacino despotricando de la vida con un copazo de Jack Daniels en el reposa brazos y la de Al Pacino bailando un tango con Gabrielle Anwar en los brazos. El actor italoamericano baila mal, pero da igual. Lo que expresa con su no mirada, con su gestualidad, es imperfecto pero evocador. El placer de una vida perdida. Y sobre estas dos secuencias se tensa el hilo de Perfume de mujer.

 

Que le gusta a Al Pacino un personaje así

 

Reconozco que me sobra todo el lío del bachillerato de Chris O’Donnell, dónde francamente Philip Seymour Hoffman y sus amigotes parecen más viejos que la tana como esos miembros de la tuna de la Universidad española, que agitando su pandereta y sus capas con cintas, ya peinan canas y rezuman cierto patetismo.

 

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Por eso, Perfume de mujer es una película que se asienta sobre un único talento: el de Al Pacino harto de una vida que él considera inútil haciéndonos creer que es ciego de verdad y soltando dardos vitriólicos como quien se toma un trago más de whisky con agua, con absoluta naturalidad.

 

No vamos a ahondar en obviedades: que la versión de Dino Risi es mejor que la de Martin Brest. Que el guión original tiene más enjundia, que qué necesidad había de hacer un remake. Con lo que me quedo es con cómo un actor es capaz de sostener una sola película él solo, cómo se echa un guión a la espalda y lo transporta desde el minuto cero hasta el final.

 

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A la película le faltan muchas cosas, sobre todo esa sensación de emociones vividas, de hablar de lo que se conoce, de verosimilitud. En realidad toda la trama del pobre niño honrado obligado a debatirse entre un estúpido honor o verse expulsado del cole de pijos que no son en absoluto sus amigos y encima le han traicionado huele a naftalina y lo que es peor: es previsible.

 

Disiento mucho de esa solución fácil que apunta el guionista en la que un militar ciego, saturado de soledad y horror, sea capaz de aferrarse a la vida por haber conducido un Ferrari y haber bailado con una tía buena. No, no cuela, querido Bo Goldman aunque te llames Bo Goldman.

 

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Sin embargo, Al Pacino me fascina. Cuando está hastiado y agotado consigue trasmitirme su hastío de vivir. Cuando grita su ira y su dolor, me lo creo. Cuando defiende a su joven pupilo Chris O’Donnell ante el consejo escolar no me lo creo, pero no es culpa de él sino del guionista, aún así Pacino defiende su papel con dignidad.

 

Hoy en día se ningunea mucho a los actores.  Los actores tienen una de las profesiones más duras que existen, siempre expuestos a la crítica y al rechazo, siempre vulnerables ante las opiniones ajenas que en muchas ocasiones menosprecian su trabajo y otras veces, su persona.  Pacino demuestra en Perfume de mujer que hay que tener mucho talento, oficio, esfuerzo y credibilidad para sostener una película él solo, para ser generoso y no fagocitar el oxígeno de los compañeros como le podría haber pasado con Chris O’Donnell y con Gabrielle Anwar. Y sólo por eso merece la pena ver Perfume de mujer.

 

Al Pacino, uno de los grandes, un inmortal del cine


Escrito por Martes 28 febrero 2012

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