Tony Randall: actuar o morir

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Cuando este cómico que se hizo excesivamente célebre siendo una de las mitades de la serie televisiva La extraña pareja era adolescente, sintió en su interior una obsesión que marcó su existencia para siempre: “Supe exactamente qué quería hacer en mi vida: o actuaba o me moría“.

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Previamente su sueño de convertirse en actor se había ido frustrando año tras año porque el itinerante curro de su padre -un anticuario que abastecía a ricachones, de costa a costa- no le permitió echar raíces en ningún sitio, cambió de escuela 24 veces y así era imposible participar en los ensayos de ninguna función escolar.
Por eso el día que su viejo se abrió y no volvió a la hora de la cena, él percibió el camino a la gloria por partida doble: podía dedicarse a su gran vocación y, además, no tendría rival para ocupar el corazón de su mami, “el gran amor de mi vida”, como confesó sin tapujos este afectado de edipismo orgulloso.

 

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Así que, sin el obstáculo paterno, dejó que saliera libremente al fin el comediante que llevaba dentro.

Primero lo alimentó en la Northwestern University, donde estudió drama y oratoria, y luego se fue al mejor abrevadero de todo actor en ciernes: Nueva York, donde se siguió formando en la prestigiosa academia de Sanford Meisner.

De allí saltó a la radio, donde se lució en culebrones antes de debutar en Broadway en 1941 con Circle of Chalk.
Tardó once años en ponerse delante de una cámara, en este caso televisiva, en la comdida Mr. Peepers, y cinco años más tarde, en una de cine, con Oh, Men! Oh, Women!, protagonizada por Ginger Rogers y David Niven.

 

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En la pantalla grandota destacó en películas junto a Rock Hudson y Doris Day, como No me mandes flores, Confidencias de medianoche y Pijama para dos; El multimillonario (con Marilyn), Cómo atrapar a un marido, y Detective con rubia (donde encarnó al Poirot de Agatha Christie), pero fue la serie antes mencionada, The Odd Couple, con el rol de Felix junto a Jack Klugman, con la que logró la fama, sobre todo en el primer lustro de los años setenta.

 

Aquel trampolín le permitió liderar en solitario otra serie famosa en la época: Las tribulaciones del juez Franklin, donde ejercía del magistrado del título.

 

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Y aunque se le conoce mayoritariamente por su labor como cómico, se vuelve loco, como tantos, por interpretar a Shakespeare.

Hasta su muerte fue coleccionista de arte: supongo que un psicólogo diría que así se había reconciliado con su conflictiva figura parterna.
Un final, menos mal, feliz.

 

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Escrito por Lunes 13 febrero 2012

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