Días sin huella: sueños ahogados

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Billy Wilder es conocido por sus maravillosas comedias, pero no hay que olvidar que también nos ha regalado un puñado de películas amargas en las que mira cara a cara la debilidad del ser humano, sus miserias y frustraciones. Una de esas pelis es Días sin huella, que habla de la inseguridad, la poca autoestima, la renuncia a lo mejor de uno mismo, la depresión y la angustia. Eso sí, la excusa es la adicción al alcohol, pero profundiza mucho más.

 

Beber o no beber

 

Lo mejor de Wilder siempre ha sido que no es un tipo moralista. Se sitúa siempre a la misma altura de sus personajes, por muy débiles que estos sean, y los mira sin aires de superioridad, con comprensión, como diciendo: usted y yo nos parecemos mucho o no, pero por si acaso no voy a juzgarle. Por eso sus pelis con toda su socarronería y, a veces, amargura, son tan cercanas y humanas porque en ellas late una compasión sin énfasis que nunca dice al espectador lo que tiene que pensar.

 

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Días sin huella es un peliculón. La historia de Don Birnam, un escritor que no escribe porque sus días se resumen a beber y a no dejar huella de ningún tipo salvo las que dejan los vasos en los mostradores de los bares. Hubo un tiempo en que quería escribir novelas y cuentos, en la que rebosaba de sueños y no solo de alcohol, pero ahora sólo sabe afrontar su angustia bebiendo.

 

Wilder no nos cuenta un drama de carácter humano que busque la lágrima fácil del espectador. El personaje que interpreta de forma magistral Ray Milland no es padre de familia, ni le hace la vida imposible a su madre, ni arrastra a su mujer a la bebida. No, es un tipo que vive solo, sin oficio ni beneficio, que tiene mucho de pícaro y vividor. Y sin embargo, su historia, por menos obvia, no resulta menos conmovedora.

 

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Wilder apuesta por la sencillez y la sobriedad para contarnos cómo es vivir bajo el yugo de una adicción. Lo escalofriante de su historia es la normalidad que retrata, la de un tipo que suplica una copa más a un barman en un bar, un tipo que esconde una botella en su apartamento y luego lo registra hasta límites angustiosos en su búsqueda, un tipo que empeña sus pertenencia para tomarse una copa más, un día más.

 

Como dice Ray Milland: “Por la noche, sólo es un trago, por la mañana, una medicina”.  Wilder profundiza sobre los efectos del alcohol, sobre cómo embellece la realidad y hace para algunos la vida más llevadera. Lo hace en una historia que funciona como un reloj y no sólo en su guión, sino también en la planificación de su realización y con unos actores que se meten con puro naturalismo en su papel en una época en la que el cine optaba por realidades más dulces y efectos más lacrimógenos. Pero es que Billy es mucho Billy.

 

El dios del cine

 

 


Escrito por Miércoles 25 enero 2012

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