Steve Martin, ¿100% payasete?
Haberte hecho hombre en el marco incomparable de Disneylandia debe marcar lo suyo.
Steve Martin puede hablar de ello, porque empezó su carrera profesional tocando el banjo en el paraíso de los niños, rodeado de muñecos y dibujos animados.
Acudiendo a diario a semejante escuela tienes dos opciones: tronarte y acabar dentro de un disfraz de Pluto o tomarte todo lo que te rodea a coña para no creerte que el mundo exterior es igual de colorista, alegre y amoroso.
SM tomó la segunda vía y, de paso, hizo un máster en sentido del humor y cero miedo al rídiculo.
Aquellos años le llevaron también a cuestionarse la existencia humana y en busca del sentido de la vida se puso a estudiar filosofía… llegando a la conclusión tras tres años metiendo la nariz en la obra de Platón, Descartes y Nietzsche, de que la vida, como se temía, no tenía sentido.
Así que decidió volver al espectáculo y aplicar sus dos grandes conocimientos vitales: humor y sinsentido. Ése sería su camino, el motor de su vida.
Y lo tomó tan decidido como Dorothy el de baldosas amarillas.
Sus trabajos le dieron la razón: no había leyes para el humor, esa quimera que se tiene o no, se alcanza o nada. No hay fórmulas secretas.
Pero Martin aprobó.
Así que empezó a escribir chistes y debutó como monologuista, como manda el cliché del buen humorista americano que se hace a sí mismo, por todo club nocturno que le dejara subir a su minúsculo escenario, de norte a sur, de oeste a este de los EEUU.
Además, como le mola ser un tío cool, empezó a salir a actuar con su inseparable elegante traje blanco, que se acabó convirtiendo en marca de la casa, en sello de identidad, en amuleto y uniforme.
Y, sin darse cuenta, se convirtió en un as de la comedia gracias a sus sketches en The Tonight Show y Saturday Night Live, la gran cantera de humoristas mundiales tras La hora Chanante.
Al tiempo que su fama crecía engordada por las carcajadas ajenas, salta al cine, donde brilla con títulos como La tienda de los horrores, Roxanne o Un par de seductores, y demostrando que puede resultar creíble también en plan serio en Grand Canyon, de Lawrence Kasdan.
Porque, en el fondo, un tipo que se toma a broma la vida y consigue transmitírtelo es un hombre serio y profundo, que desde joven se la tomó con filosofía: por eso seguramente le salieron tan pronto las canas.
Escrito por Lunes 23 enero 2012

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