La gata sobre el tejado de zinc: la claustrofobia de la mentira
La inminente muerte del patriarca de una familia sureña rica, desata en una familia una serie de tensiones y ambiciones. Sus miembros amenazan con devorarse unos a otros para llevarse una mayor parte del pastel o sea de la herencia. En medio de este clima familiar corrompido y agrio sobrevive a duras penas un hijo que va por libre, Paul Newman, que se refugia en el silencio y la resistencia pasiva, que ahoga sus penas en alcohol porque él, que no quiere nada, es incapaz de soportar la mentira y la falta de amor que le rodea.
Richard Brooks adapta una obra de Tennessee Williams con asombroso acierto, concentrándose en la dirección de actores que parecen haber nacido para interpretar a sus personajes desdichados. No sólo los principales, también los secundarios están a un nivel sobresaliente.
Junto al Zoo de cristal, esta es mi obra favorita de Williams. Hay espacio para reflexionar sobre el amor, la codicia, la mentira, la prostitución de la identidad para que la familia nos acepte, el silencio, y las terribles tiranteces que se producen a veces en el seno familiar, microcosmos de un mundo que oprime y dónde todos mienten, con mayor o menor fortuna.

Maggie la gata, una belleza rechazada
Williams nos presenta a una familia que es el territorio de la competición y la acumulación de bienes, con un personaje secundario memorable por lo estomagante que resulta, excelentemente interpretado por Madeleine Sherwood, que encarna el paradigma de esa cuñada insufrible que quiere medrar y acaparar y llega incluso a utilizar a sus propios hijos como trofeos para desmérito de Elizabeth Taylor, supuestamente estéril y sin retoños propios.
En La gata sobre el tejado de zinc funciona todo: el guión, la dirección y la interpretación. Esquiva su mayor riesgo: su excesiva teatralidad. Gracias a la puesta en escena de Brooks y al guión del mismo director y James Poe, que no deja un momento de respiro en toda la película, nos olvidamos de que se trata de una adaptación de una obra de teatro.

Richard Brooks, uno de los grandes
Este es el mejor papel que jamás interpretó Elizabeth Taylor. Qué difícil resulta imaginarnos a otra actriz haciendo este personaje. Taylor logra una actuación de adentro hacia fuera, su frustración, su espíritu de lucha, su pasión y amor por Brick, a quien quiere con locura y al que no está dispuesta a renunciar, resultan conmovedoras.
Y nadie ha sostenido mejor un vaso de whisky con esa sensación de hastío vital, de depresión existencialista, de hartura familiar como Paul Newman. En pijama, con una pierna escayolada, y muletas, Newman es incapaz de respirar en el asfixiante aire de su casa cargado de falsedad. Los dos duelos emocionales que mantiene con su padre (interpretado por Burl Ives) y con su mujer son emocionantes y llenos de fuerza, la fuerza de un hombre acorralado que tiene ya poco que perder.
La película al igual que la obra de teatro oculta cargas de profundidad bajo su superficie. La futilidad de lo material cuando uno se enfrenta a la muerte, la importancia de la afectividad como único presente y único legado que uno se puede llevar al más allá, la codicia por la herencia disfrazada de falso amor y la incapacidad del ser humano para enfrentarse a la verdad, y qué verdad más amarga es la de la conciencia de la propia muerte, son temas que se tratan en esta película sin grandilocuencia.
Esta historia es turbadora y una vez vista será difícil que nos la podamos quitar de la cabeza. Sus imágenes relucen en nuestra memoria. Los ojos azules de Newman enturbiados por el alcohol nos persiguen. Los ojos violetas de Taylor, incapaces de renunciar a su marido, nos obsesionan. Porque la vida, a veces, se parece mucho a caminar sobre un tejado de zinc caliente.
Escrito por Miércoles 18 enero 2012

Deja un comentario
Por favor, céntrate en el tema. No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes. TCM se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere fuera de tema o con tono inadecuado.