Alec Guinness: sobreviviendo a los Ealing Studios

Ser actor conlleva muchos riesgos. No sólo que te caiga encima una manada enfebrecida de fans o que te pille un paparazzi sacándote algo de la nariz, sino en el trabajo propiamente dicho: durante el rodaje.
El gran actor inglés que admiramos en El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago, narra en sus memorias cómo las pasó en algunos rodajes de la famosa factoría inglesa que le contrató para protagonizar, entre otras, la genial El quinteto de la muerte.
Así lo cuenta el actor:
“Los Ealing Studios, aunque le estoy eternamente agradecido a Michael Balcon por las comedias que me permitió hacer, intentaron matarme varias veces -o eso me pareció a mí durante mis momentos de paranoia-.
Por supuesto, sabía de sobra que no intentaban matarme; simplemente, me daba la impresión de que eran unos descuidados en lo que se refería a mi seguridad.
Durante Ocho sentencias de muerte tenía que ascender en un globo vestido como una dama de la época eduardiana, ladi Agatha d´Ascoigne. Se iba a rodar una tarde en un campo cerca de los Pinewood Studios. Hacía sol y soplaba una cálida brisa del oeste y me encantó la idea de subir en globo.
Mi única preocupación era el seguro, que supuse que no sería suficiente para mantener a mi mujer y a mi hijo pequeño si se producía algún percance. Por consiguiente hablé con los productores. “Tienes un buen seguro”, me dijeron, y cúando les presunté cuánto era, creo que me dijeron que eran diez mil libras. Pensé que no era suficiente y les informé que no pensaba subir más que unos tres metros, al menos que subieran el seguro a cincuenta mi libras. Se mostraron irritados y dijeron: “Vas a llevar contigo, escondido en la cesta, al mejor aeronauta de Bélgica, así que no te puede pasar nada“.
Se negaron a aumentar el seguro, así que cuando se realizó la toma insistí en que me dejaran bajar poco después de haber ascendido. En los rostros de todos se leía el desprecio. El aeronauta más grande de Bélgica estaba vestido con una peulca como ladi Agatha y se elevó. Y se siguió elevando. A toda velocidad. Y luego desapareció. El viento lo arrastró y encontraron al pobre hombre caminando como podía con su larga falda a unos setenta kilómetros de distancia, en el estuario del Támesis donde se vio obligado a descender en el mar. Muy tranquilo, me senté para tomar una cena caliente.
“Es una cuerda de piano”, dije, mirando un hilo que debería aguantarme mientras bajaba unos quince metros por la fachada de una casa en El hombre vestido de blanco. “Es fortísimo, puede aguantar toneladas”, replicó el departamento de utillería. “A menos que tenga algún defecto, en cuyo caso será inútil”, añadí. “Este cable no tiene ningún defecto. No quiera enseñarnos nuestro trabajo“.
No pude evitar que me saliera mi entrenamiento en la Marina: “Tiene que ser un cable de acero flexible, que tenga un grueso de aproximadamente medio centímetro”, les expliqué. Sandi Mackendrick, el brillante y amable director, tartamudeó tranquilizándome: “Estoy seguro que está bien. Pruébalo”. Lo hice así. Mientras caminaba en sentido horizontal al suelo, bajando por la fachada de la casa, suspendido por la cuerda de piano que llevaba alrededor de la cintura, se partió cuando estaba a algo más de un metro y caí de espalda.
Por supuesto que tenía un defecto. Nadie se disculpó; se hace pocas veces en el cine, porque muy poca gente quiere asumir la responsabilidad.
Durante el rodaje de El quinteto de la muerte, de nuevo con Mackendrick, tuve que permanecer en el borde de un muro de unos dieciocho metros de altura y me agarrré a lo que parecía una sólida barandilla de hierrro. “¿Es segura?”, dije mirando hacia abajo, cuando me di cuenta de que la barandilla era realmente de madera. “¡Perfectamente!”, me contestaron desde abajo. En aquel momento se rompió y tuve la buena suerte de caerme hacia atrás.
Nunca he sido temerario físicamente y ahora soy muy precavido, mirando antes cada guión para prevenir los posibles peligros. Hace poco rechacé un guión admirable cuando vi que el personaje que yo tenía que interpretar debía subir corriendo por el lado de una gigantesca catarata de la selva sujeto a unos helechos. Una manera resbaladiza de morir, pensé, después de haber sobrevivido setenta años.”
| En TCM Clásico | |||
|
Escrito por Jueves 21 julio 2011
Deja un comentario
Por favor, céntrate en el tema. No está permitido verter comentarios contrarios a las leyes españolas o injuriantes. TCM se reserva el derecho a eliminar los comentarios que considere fuera de tema o con tono inadecuado.