Lilith y la tela de araña
A veces me cuesta entender cómo películas maravillosas, con el paso del tiempo, se olvidan y desaparecen en un limbo cinematográfico. Lilith es una de éstas.

Dirigida por Robert Rossen e interpretada por Jean Seberg y Warren Beatty, la película narra la historia de un joven veterano de la guerra de Corea que regresa a casa y encuentra trabajo como terapeuta en un centro psiquiátrico privado que acoge a enfermos mentales de familias adineradas. Allí conocerá a una joven interna muy atractiva, a la que trata profesionalmente, con resultados iniciales satisfactorios y de la que, poco a poco, se enamora.
La trama en sí no parece original pero sí lo es su desarrollo. Lilith es como una especie de araña que teje su tela para que los demás caigan en sus redes. De igual manera, los espectadores, al igual que los personajes, también caen rendidos a ella.
La interpretación de Seberg es espléndida, se mete de lleno en el papel y hace contraste con Beatty, quien se defiende como puede con sus armas del Actors Studio. La fuerza del rostro de Jean es inmensa, y si en Al final de la escapa era una revelación como actriz, en Lilith ya es toda una realidad.
Estamos ante una película con una fuerte carga psicológica. Los traumas y las neurosis que cada uno llevamos consigo están presentes en los personajes. El pasado no olvida. La tara de Lilith se relaciona con el suicidio de un hermano y un incesto frustrado, y el de Vincent es el recuerdo idolatrado de su madre. Ambos parecen encontrar en el otro la salvación, aunque ésta sea el comienzo del desastre.
Llena de simbolismo y poesía, muchas de sus secuencias son casi oníricas, sobre todo las referidas al agua. En cuanto a las escenas de sexo, éstas juegan entre lo vulgar y el preciosismo.
Las relaciones entre terapeuta y enferma esconden siempre algo más que una simple enfermedad. Nadie dice la verdad, unos mienten más que otros, y la realidad se convierte en un hecho relativo, al igual que el bien y el mal.
Conocer lo que piensan los enfermos de esquizofrenia, saber qué sienten, descifrar sus emociones, sus sentimientos, empatizar con su fragilidad… De esto trata esta película. De la necesidad de entender el mundo, bueno, mejor dicho, cada uno de nuestros propios mundos.
Otro de los temas presentes en la película es el suicidio. Paradójicamente, Jean Seberg, más allá de leyendas, tuvo una muerte así. La ausencia de un hijo marcó su imposibilidad de vivir, más allá del éxito.
Lilth habla de locos y cuerdos, de la separación tan frágil que existe entre lo lúcido y lo demente. ¿Quiénes son los verdaderos enfermos, qué esconde la mente humana, cómo influye todo en nuestro cerebro? Preguntas sin respuestas.
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Escrito por Viernes 1 julio 2011
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