Marcello Mastroianni: derrochando verdad

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Extrañado de que le consideraran un latin lover, el actor italiano, consciente de sus limitaciones físicas y de que no tenía el porte ni de un héroe ni de un icono como lo eran los grandes nombres atrae-audiencias del cine de Hollywood, se convirtió en lo que siempre quiso ser: un mutante.

El camaleón Marcello, al que invitaba Anita Ekberg a zambullirse en la Fontana De Trevi en uno de los momentos más sublimes del cine de su amigo Fellini (que lo impuso en el reparto en contra del deseo del productor, que quería a Paul Newman: “Prefiero a Marcellino porque se adapta perfectamente a lo que yo quiero de él, como un contorsionista capaz de adoptar cualquier postura”, aseguró el maestro), era un adicto al cambio, a vivir otras vidas, y vaya si lo consiguió.
Formado en las tablas con Visconti, tuvo que renunciar a las vehementes técnicas teatrales para construir personajes desde muy dentro y que el público del cine no reconociese al actor italiano, sino a un personaje cada vez diferente, porque en su interior había cambiado para construirlo (aunque el de taxista es el rol más repetido en su filmografía).

Así, cuando el público del cine reconoció que sus personajes tenían algo de él mismo, logró su sueño de que la gente le amara profundamente, como a pocos intérpretes del cine europeo.
Seguramente lo logró con la humildad que trasmitía a través de su trabajo, dando vida a perdedores, hombres complicados, sensibles, inseguros y de débil carácter, con los que se identificaba profundamente y consideraba más auténticos y reales: para él los héroes eran personajes de ficción de una sola pieza… y no le faltaba razón.

Por eso nunca M.M. (que llegó a actuar una docena de veces junto a su amiga Sophia Loren) se enfundó una malla de superhéroe, o cabalgó sobre un corcel, porque -sabiamente- no se veía en tal tesitura y rechazó intervenir en grandes producciones para así enfocar todo su talento hacia films europeos de pequeña producción, destinados a paladares exquisitos y sensibilidades acordes a la suya: “unas aventuras sin calcular el resultado, hechas por la pura diversión de hacerlas”, según sus propias palabras.
Ahí se sentía cómodo, seguramente debido también a su inseguridad y timidez, la misma que le provocaba pavor para verse en la pantalla.

El público, en cambio, disfrutará siempre de su versatilidad sobrada de autenticidad.

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Escrito por Martes 7 junio 2011


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