Jack Lemmon, el mejor cómico del mundo
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No sé si alguien lo dijo, aunque seguramente hayan sido muchos; ante la duda y por si acaso no ha sido así, aquí está el titular de este post: para poner a este carismático e inconmensurable actor en el sitio que le corresponde.
Porque pocos como él han logrado hacer reir tanto con tan poco.
Bastaba su presencia, su mirada perdida, su gesto de cordero degollado, una simple mueca para que sintiéramos unas ganas incontinentes de sonreir al tiempo que un ligero escalofrío recorría nuestra médula al sentirnos, instantánea e irremediablemente, identificados con sus perdedores, cobardes y neuróticos personajes.
A Jack Lemmon le debemos muchas horas de humor inteligente, que directores como Billy Wilder le supieron canalizar con guiones a la altura de su valía como payasete tierno, desolado y enamoradizo.
Nombrar El apartamento, Irma la dulce y Con faldas y a lo loco basta para que le veamos super perdido en medio de una gigantesca y monstruosa oficina, enamorándose de una putilla parisina de medias verdes tan maravillosa como la que encarnó Shriley MacLaine y quitándose desesperado la peluca ante los insistentes requerimientos amorosos de un pretendiente que, a pesar de la evidencia, sentencia con sabiduria suprema aquello de que “Nadie es perfecto”.
Jack Lemmon si era perfecto: el payaso -como él mismo se definía- perfecto.
Lo tenía todo para serlo y, sin un físico de galán (cuentan que nació en un ascensor, al séptimo mes de gestación), demostró que lo de encasillarse a él no le valía (y esto si se ha dicho con frecuencia, vale, no soy original): anda, que no lloramos viéndole en Missing (Desaparecido), Días de vino y rosas o Glengarry Glen Ross.
Se van a cumplir en junio los diez años de su muerte y quiero adelantarme con este post al homenaje que se merece un señor al que deben mucho cómicos de nueva hornada, desde escuetos como Bill Murray hasta excesivos como Jim Carrey o “entrañables” como Tom Hanks.
Todos intentarán, sin éxito, imitar la vis cómica innata de la mitad de La extraña pareja.
Si Billy Wilder dijo que trabajar con Lemmon era la felicidad, algo muy parecido se siente al verle asimismo en una pantalla.

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Escrito por Martes 24 mayo 2011
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