Berlanga, ¿el mal español o el comunista conservador?

Llego tarde pero no podía quedarme sin decir la mía. Leo un correcto obituario de Berlanga en el New York Times y recuerdo todos los homenajes que los periódicos patrios tenían preparados. Berlanga, sí, era un gran cineasta, que facturó al menos un par de obras maestras que respondían a un estilo propio -el plano-secuencia como implacable figura retórica, la coralidad de los repartos, la acidez nihilista con un punto de sal y humanismo- en un momento en que el cine español necesitaba con pasión de los genios en imágenes. He aquí mis cinco películas favoritas de una obra que fue personal incluso cuando se equivocaba.
Bienvenido Mr. Marshall. Edward G. Robinson se opuso a darle un premio en Cannes porque la consideró antiamericana. Y todo porque retrató la llegada del maná imperialista como una tropa de coches que pasa de largo, decepcionando al pueblo español que quería vivir el sueño americano. De una vitalidad contagiosa, es un hito del cine hispano en tiempos franquistas.
Plácido. Planos larguísimos coreografiando el posibilismo de la sociedad española en época navideña, cuando la lucha de clases se hace más evidente bajo las luces colgantes. Es tan corrosiva y conmovedora, y respira tanta libertad creativa, como una comedia italiana de la época. Y su reparto no tiene desperdicio.

El verdugo. Siempre me he preguntado cómo la censura franquista dejó pasar el guión de este peliculón. Difícil encontrar más feroz alegato contra la pena de muerte que este film, en el que Berlanga nos hace sentir pena por el que se pone detrás del garrote vil, mostrándonos lo patético que puede ser el terrorismo de Estado. Totalmente imprescindible.
¡Vivan los novios!. Es la rara del grupo. Berlanga no consiguió hacerla como la tenía en mente, pero sí logró mantener uno de los finales más crueles de la historia del cine español: la imagen cenital de una comitiva funeraria en forma de araña, insecto monstruoso que representa la mezquindad humana.
La escopeta nacional. Uno de sus grandes éxitos de público, una delicia que se mueve, tan indecisa como divertida, entre la frivolidad canalla y la crítica social. En la superficie es una comedia de costumbres excéntricas y en el fondo es un retrato brutal y sin concesiones a la confusión ideológica de la España de la transición.
Escrito por Miércoles 17 noviembre 2010
Supongo, Sergi, que hay un cierto consenso respecto a sus mejores y peores películas. ¿Pero qué opinas de tamaño natural?. A mi en su dia me sorprendió. Lo cierto es que necesitaría verla otra vez y seguro que incluso es un película fallida. De todas formas, si recuerdo un tono experiemnetal algo insólito, que estaba muy bien rodada y que no es una bufonada sino una obra sobre la soledad con algún que otro momento perturbador. Lo que no recuerdo es si en conjunto funcionaba o no.
Me pasa un poco lo mismo que a ti, César. Hace muchos años que la vi y no puedo dar un juicio justo sobre ella. La recuerdo como una película singular y sí, perturbadora, pero no sé si estaba conseguida en su conjunto.
En el actual panorama político nos hace mas falta que nunca Berlanga. ¿Donde están este tipo de cronistas cuando se les necesita?. Porque ¿Todos a la carcel no sería el título perfecto para definir el actual estado de las cosas?
He leído mucho estos días sobre cómo sus últimas películas desmerecían de su talento, etc. Pero su última obra como director fue una obra maestra de 12 minutos corrosiva como pocas: El sueño de la maestra (2002). ¿Lo has visto, Sergi? Supongo que sí.
TENGO MIEDO!!!
No todos los grandes tienen la posibilidad de despedirse con una obra a la altura de su genio. Entre mis cinco favoritas siempre estará “París-Tombuctú”.
P.d. En la televisión pública de mi ciudad invisible ya se habría programado un ciclo con toda su obra. Y no habría navidad sin su “Placido”. Antes o después de “Qué bello es vivir”, lo mismo me da.
De acuerdo: un gran cineasta, pero no del plano-secuencia, sino de la toma-secuencia, en la que sin dejar de filmar se puede pasar por diversos planos o encuadres, como hace Orson Welles en la famosa primera secuencia de “Touch of evil”.